Nadie pensó que sería un elemento tan diminuto el que traería el mayor terremoto económico, social y emocional en varias generaciones. Un simple virus, una minúscula cápsula de proteínas que contiene ARN y cuya única misión es reproducirse colonizando células del sistema respiratorio humano, ha conseguido cambiar el mundo. “Se trata de la mayor debacle observada desde la Segunda Guerra Mundial”, ha declarado el Secretario General de la ONU, António Guterres.
Y como nadie lo pensó -salvo las advertencias de algunos informes de expertos que siempre terminan en un cajón-, nadie estaba preparado.
La incertidumbre de no saber cuál va a ser el alcance final de la pandemia y cuáles las consecuencias reales para la vida cotidiana de millones de habitantes del planeta, provoca vacilaciones, errores y angustia entre los gobernantes, y también entre la población. El G-7, el G-20, la ONU, hasta el FMI, todos han dicho que hará falta un plan de emergencia gigantesco, sobre todo para atender a los países emergentes. Se teme por África, por la India y Pakistán. Y por América Latina, donde la CEPAL calcula que hoy hay 185 millones de pobres.