Vivo en Soacha, municipio vecino a la capital de Colombia, receptor de la mayoría de las personas desplazadas por la violencia en el resto del país.
La pandemia de COVID-19 y la cuarentena han sido muy difíciles porque mi trabajo es en territorio, con la gente y las comunidades, pero vivo sola.
Me convertí en activista de derechos humanos luego de que desaparecieron a mi hijo, Fair Leonardo Porras Bernal, en 2008. Yo tenía un esposo y cuatro hijos, pero a raíz de la muerte de Leonardo y a que empecé a reclamar a las autoridades por lo que le había pasado y por las amenazas que recibimos, tuve que sacar a los tres hijos de la casa por seguridad.