Los tiempos de pandemia traen grandes desafíos para los activistas de los movimientos sociales progresistas.
No son tiempos para el activismo callejero o la política en las plazas. Las libertades están restringidas, el distanciamiento social hace que las formas típicas de protesta sean imposibles de llevar a cabo. No sólo es difícil la movilización en los lugares públicos, sino también en nuestros lugares de trabajo, dada la muy estricta limitación del derecho de reunión y la reducida oportunidad de encuentros cara a cara.
La emergencia continua limita nuestros espacios mentales, desafiando nuestra creatividad. Los recursos individuales y colectivos se centran en la supervivencia diaria. La esperanza, ese estimulante para la acción colectiva, es difícil de sostener, mientras que el miedo, que tanto la desalienta, se extiende.