En un paisaje de nubes luminosas que se reflejan en el espejo del agua, propulsada por energía eléctrica, una canoa se desliza silenciosa río arriba. A bordo de la embarcación va un equipo de jóvenes indígenas achuar. Regresan a casa después de asistir a una capacitación en instalación y control de paneles solares que tuvo lugar en el Capahuari, afluente del río Pastaza en la Amazonía ecuatoriana, cerca de la frontera con Perú.
La canoa solar apenas vibra. Se escuchan las voces de proa a popa, y en la confluencia de ambos ríos, unos cuantos delfines de agua dulce emergen para respirar, confiados y cercanos, gracias a que el suave rumor no los ahuyenta. Esta escena, que parece ficción, es completamente real. La hacen posible un grupo de jóvenes valerosos, que defienden la selva y plantan cara al petróleo, que tanto daño ha causado ya a la Amazonía ecuatoriana.
Los yacimientos significan la sentencia de muerte de este territorio, como ya pasó con los pueblos huaorani, más al norte. Junto al petróleo, también la minería, la deforestación y la caza ilegal son amenazas abrumadoras para comunidades relativamente aisladas como la de Sharamentsa, compuesta por unos 70 individuos y situada unos 30 kilómetros arriba del Capahuari, a la ribera del mismo río Pastaza.