Vivimos hoy en un mundo no muy diferente del había antes de la Primera Guerra Mundial, cuando un puñado de emperadores y sus familias controlaban el destino de la gran mayoría de la población mundial. En 1914, todo lo que hizo falta para desencadenar la Gran Guerra fue el asesinato del archiduque austriaco Franz Ferdinand a manos de un nacionalista serbio. El asesinato tuvo lugar el 19 de junio. Cinco años más tarde, el 28 de junio de 1919 – de esto hace casi exactamente un siglo -, la Gran Guerra llegaba a su fin, con un coste de unos 40 millones de vidas humanas.
Hoy no tenemos imperios en el sentido clásico, pero sí líderes egocéntricos tan poderosos como cualquier emperador de la historia. Algunos de estos líderes son auténticos matones que no van a pensarlo dos veces antes de tomar decisiones potencialmente catastróficas, simplemente para poder mantener la apariencia de que son unos "hombres fuertes". Considérese la siguiente lista: Donald Trump, Kim Jong-un, Vladimir Putin, Ali Khamenei, Recep Tayyip Erdoğan, Narendra Modi, Rodrigo Duterte y Jair Bolsonaro. ¿Qué tienen en común? Demasiado poder en sus manos y tendencias autocráticas al ejercerlo.
Si uno es un genio científico en Estados Unidos, un poeta amante de la paz en Brasil o un gran filósofo en Irán, la verdad es que su destino, hasta cierto punto, está en manos de un hombre al que, en un mundo más racional que éste, no se le dejaría cuidar ni de una mascota. Pensemos lo que pensemos de la élite que controla la política a nivel nacional, regional y mundial, tenemos que afrontar un hecho penoso: hemos entregado nuestro destino y el bienestar del planeta a un grupo de matones. Lo cual debería inquietarnos a todos.