El jueves pasado traje a mi esposo de vuelta a casa. Tiene 81 años y sufrió un infarto leve en marzo. Esta vez estuvo tres días en el hospital y nadie supo decirnos qué era lo que le pasaba. A la mañana siguiente, manifestaba los mismos síntomas que el día que acudimos a urgencias. Yo, por otra parte, estaba peor: me dolía la garganta y esa noche tuve algo de fiebre.
Desde que el año pasado nos mudamos de Filadelfia a Ann Arbor tras el accidente cerebrovascular de mi madre de 96 años, mi esposo ha ido progresivamente dependiendo más de mí y yo he ido asumiendo el papel de única responsable de mi madre. Por la noche, mientras tosía y daba vueltas en la cama, traté de no pensar en cómo todo se vendría abajo si yo enfermara de gravedad o si me moría.
¿Estaba yo "estresada", por decirlo en términos modernos? Supongo que la respuesta sería que sí. Hoy en día es habitual describir así las reacciones ante situaciones difíciles. Hoy recurrimos al estrés para explicar los efectos de prácticamente todo, desde la guerra hasta un exceso de correo electrónico en la bandeja de entrada.