Las agencias de la ONU y las organizaciones internacionales dedicaron en la última década horas incontables y miles de millones de dólares a combatir la trata de personas y la esclavitud moderna.
Adoptaron tratados y protocolos. Publicaron manuales e informes. Recopilaron datos, pusieron en marcha iniciativas de prevención y campañas de sensibilización. Y enviaron expertos para verificar lo que hacen los países.
Pero, ¿les sirvió todo esto para conformar una voz unificada y demostrar liderazgo en la materia? ¿Se lograron avances significativos? La respuesta corta es no. La respuesta larga es que los resultados son dispares, pero al menos algunas lecciones se aprendieron en el camino.