La democracia puede medirse por una métrica muy simple: su capacidad de servir platos nutritivos en nuestras mesas, todos los días. Sin sobresaltos. Votamos al que promete el plato nuestro de cada día. El resto es narrativa inteligible para los que comemos sin dudas de por medio.
En un contexto de inflación de más de 150%, ganaron las propuestas simplistas de “destrucción” de la imprevisibilidad económica argentina, en espiral decadente desde el 2018 post-toma de una deuda enorme, ilegal y la más grande de la historia otorgada con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Y , especialmente, luego de la pandemia, periodo dramático durante el cual Cristina Kirchner -irreverente e irrespetuosa- casi echara por TV al ex ministro de economía Martin Guzmán quien estaba intentando “tranquilizar” la economía. En consecuencia, la mayoría de los argentinos votaron a una promesa de estabilidad que se lograría a través de una dolarización sin gradualismo y el recorte a fondo del gasto público.
En estos meses, los demócratas (de escritorio, como yo, tal vez?) no supimos comprender algo muy simple: no hay consigna sobre la justicia, la memoria o la verdad que sea más importante que la necesidad diaria que tiene una madre o un padre de alimentar a su familia. “¿Qué me importa si tengo que decir “todes” o “todos y todas”, o si un genocida agonizante sale de la cárcel, si no puedo comprar los medicamentos para mi abuela ni pensar en alquilar un departamento para vivir con mi familia?”. Consumir, cocinar, servir, celebrar sin sobresaltos frente a la miserabilidad de racionar.