La mayoría de nosotros pasamos la mayor parte de nuestro tiempo en interiores y en espacios urbanos dominados por edificios, vehículos y otras infraestructuras construidas por los seres humanos. Cuando pensamos y hablamos de la "naturaleza" lo hacemos como si fuera algo diferente, en otro lugar. A menudo lo vemos como un lugar para visitar, para la recreación y la relajación, o un ecosistema que debemos manejar para que nos proporcione alimentos, agua potable, aire fresco y otros "servicios".
Si lo miramos con perspectiva, esto no es normal. Ha sido sólo muy recientemente en nuestra historia evolutiva que hemos llegado a negar, por la forma en que vivimos y pensamos, que somos parte de la naturaleza. Esta negación nos está enfermando física y mentalmente, y ha hecho que estemos más centrados en nosotros mismos y menos en los demás, además de disminuir nuestro sentido de significado. Esto también nos está llevando al fracaso, puesto que nos pone frente al cambio climático, al colapso ecológico y a otros desafíos importantes.
El trabajo de Jules Pretty y sus colegas de la Universidad de Essex nos recuerda que, aunque nuestra forma de vida ha cambiado radicalmente desde que los humanos modernos evolucionaron hace unos 200.000 años, nuestros cuerpos y cerebros son los mismos. Los seres humanos evolucionaron en ambientes donde la incidencia de situaciones peligrosas, ya sea una serpiente venenosa o el ataque de otras especies era, en realidad, muy baja. Cuando estábamos amenazados, al igual que otros animales, nuestra respuesta era huir o luchar elevando, junto con otros cambios fisiológicos, nuestro ritmo cardíaco.