La idea de representación lleva en su origen una paradoja: el acto de representar implica dar presencia a aquello que está ausente. Representantes son quienes, en teoría, deben tornar presentes a quienes están ausentes. En las famosas palabras de Hanna Pitkin: “representación significa hacer presente algo que, sin embargo, no está literalmente presente” (1967: 144).
Esta paradoja radica a la base de las principales controversias en torno a la práctica de la representación política. La "representación substantiva" se centra en los intereses de quienes están representados y aspira a reflejar sus posiciones ideológicas. La "representación descriptiva" se centra en las características específicas de los representados, para así reflejar las experiencias compartidas por determinados grupos.
Mientras que la representación sustantiva otorga al representante mayor libertad, la representación descriptiva busca asegurar mayor igualdad para los representados. Por ello se ha asociado frecuentemente a un ideal de empoderamiento de las minorías y se ha traducido en la defensa de una “política de presencia” (Philipps, 1998), es decir, de la idea de que grupos identificados por su género, raza o etnicidad deben ser representados por personas pertenecientes a estos mismos grupos.