Una humilde casa en Simón Sarlat, un pueblo rural del estado tropical de Tabasco, en México, tiene colgado un cartel anunciando que allí se vende pescado. Dentro, una sala oscura con las paredes de un color azul celeste sucio. En una esquina, un gran congelador lleno de pescado congelado - pero hay otros productos a la venta, si se hacen las preguntas oportunas.
Tras inquirir acerca de cocodrilos y tortugas, el pescador, un hombre bajito y robusto, con las manos callosas y la piel curtida por el sol, se mete en la habitación de al lado y sale al cabo de un rato llevando un barreño con seis tortugas vivas de distintas formas y tamaños. Las ofrece todas por 280 pesos (unos 15 dólares).
La tortuga más grande es de la especie jicotea. El resto son pochitoques. Ambas son de las que más se trafican en la región. Ambas son ahora especies protegidas. Chico, su cazador, las atrapó en la selva.