Tras la elección de Dilma Rousseff en 2010, la ultraderecha brasileña comenzó a adquirir nueva entidad política y espacios en la esfera pública. No por mera coincidencia fueron esas las elecciones que me otorgaron mi primer mandato como diputado federal.
Sí, Dilma Rousseff tuvo que enfrentarse a los ecos de la crisis del capitalismo financiero iniciada en 2008 en Estados Unidos -crisis que generó el movimiento "Occupy Wall Street"- y a los efectos de la llamada "Primavera Árabe" en los movimientos sociales urbanos de izquierda. Todo ello contribuyó a la erosión de su popularidad, puesta en marcha por la prensa de derechas, hegemónica y anti-Petista.
Sin embargo, Rousseff tenía un enemigo oculto -incrustado incluso en su propia base parlamentaria- que, citando el verso de Cecília Meirelles, ejercía el poder sordo de los gusanos. La extrema derecha brasileña -instalada en el Congreso Nacional con diputados electos que eran pastores de iglesias neopentecostales; miembros o ex miembros de las fuerzas de seguridad (policía y fuerzas armadas); y con el diputado Bolsonaro, nostálgico declarado de la Dictadura Militar y vinculado a las milicias urbanas- fue y sigue siendo misógina y sexista. Por ello, no toleró a la presidenta y vio en su género la "debilidad" ideal para asestarle un golpe.