Las muñecas sexuales han sido objeto de polémicas recientes, pero no son nada nuevo: ya en el año 8 d.C. las Metamorfosis de Ovidio hablaban de Pigmalión, quien creó su mujer ideal a partir del marfil. En el siglo XVI, los marineros franceses y españoles llevaban las llamadas dames de voyage, hechas de ropa vieja, para ayudar con la soledad sexual. Y durante la Segunda Guerra Mundial, el gobierno nazi lanzó el Proyecto Model Borghild para crear una muñeca aria que satisficiera el placer de los soldados, protegiéndolos a la vez de enfermedades venéreas.
Actualmente, los avances tecnológicos han sustituido a estas muñecas rudimentarias, diseñando maniquíes con movimientos musculares similares a los humanos, voces sintéticas y otras asombrosas capacidades de IA, para la creación de robots sexuales (o ginoides).
Como máquinas con forma humana programadas para ofrecer actos sexuales, los robots sexuales (que son casi exclusivamente “femeninos”) han estado disponibles en el mercado durante la última década. Aunque su uso comercial se ha restringido en gran medida a las compras privadas, hay burdeles y agencias de acompañantes de muchos países que también han comenzado a usarlos comercialmente.