
Border Field State Park / Imperial Beach, San Diego, California. Tony Webster/Flickr. CC (by)
La movilidad se entiende ampliamente como parte integral de la libertad humana, tanto que cuando lesiones, enfermedades o la vejez restringen nuestra capacidad de movimiento, se nos suele llamar «personas discapacitadas». Esto también es lo que hace que el encarcelamiento, o incluso el arresto domiciliario, sea un castigo tan significativo y aterrador. Ya sea para ir de tiendas, al trabajo o viajar por placer, la movilidad es y siempre ha sido una parte esencial de la vida económica, social, cultural y política de la humanidad. Ser capaz de moverse libremente es un bien. Sin embargo, en un mundo injusto, también es un privilegio otorgado y distribuido de manera desigual.
Históricamente, la movilidad de aquellas personas que carecen de poder social y político ha sido fuertemente restringida por quienes sí ostentan ese poder. Personas esclavas, sirvientas, pobres, mujeres, niñas y niños han visto su movilidad restringida en un momento u otro por quienes están a cargo. Las razones son obvias: la libertad de movimiento permite a la persona subordinada la oportunidad de escapar de la dominación, evadir el control o subvertir el orden social. Controlar la movilidad es controlar a la gente.