
Titulares del día sobre proceso de impeachment en el Congreso de la presidenta Dilma Rousseff, en Brasilia, Brasil, Lunes, 18 de abril de 2016.AP Foto / Felipe Dana
La crisis por la que atraviesa Brasil resulta desconcertante para propios y extraños. Este país hasta hace poco parecía que finalmente iba a desacreditar la ironía de Charles de Gaulle de que Brasil era el país del futuro pero que siempre lo seguiría siendo. En la última década Brasil se convirtió en una de las diez economías del mundo; sus empresas se globalizaron; se transformó en un articulador de los BRICS; interlocutor de los Estados Unidos con la región; candidato fijo para ser miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas; modelo de desarrollo capitalista con inclusión social; y casi todo el crédito iba a su partido gobernante, pero especialmente su líder máximo, Lula, quien se erigió en el referente de una izquierda moderna y pragmática que finalmente parecía poder gobernar a la bestia.
Siguiente escena, vemos a un país dividido, con cientos de miles de personas protestando en las calles de todo el país; su economía sumida en una de las peores crisis económicas de su historia; y a Dilma Rousseff acusada de estar a la cabeza de una maquinaria inepta y, sobre todo, corrupta.