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En el debate inaugural entre los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos, Donald Trump no pudo evitar usar tácticas de bullying y verbalizar su obsesión con el aspecto físico de las mujeres. Una vez más puso en duda la “catadura” y el aguante físico de Hillary Clinton para ser presidenta, reproduciendo ataques anteriores sobre su salud. Trump no se hizo atrás cuando Clinton, la primera mujer en presentarse al más alto cargo político de Estados Unidos, le acusó de ser racista y misógino.
Para la mayoría de los expertos, este fue tan solo otro ejemplo más de Trump siendo Trump, un aspecto habitual de su personalidad exuberante. De hecho, los comentarios de Trump sobre las mujeres no son sólo una cuestión de estilo, sino un tema claramente político. Son comentarios que traslucen creencias que trascienden sus irreparables rasgos de carácter. Forman parte de una ideología enraizada en la historia del populismo y el fascismo. Dado que sus actitudes hacia las mujeres explícitamente ideológicas, deben ser tomadas en consideración en cualquier intento por comprender lo que sus seguidores (en su mayoría hombres) piensan sobre la política y las relaciones de género, y lo que supondría una administración de Trump (véase “Donald Trump puede estar mostrándonos el futuro de la política de derechas”, Washington Post, 27 de febrero de 2016).