Cuando Sebastián Silva* piensa en la noche del 26 de enero de 2023, siente el olor de la piel quemada y ve la sangre que sale a borbotones de las heridas en su brazo derecho. Está tirado en el piso mojado, con restos de muebles rotos, en la sala de televisión del hogar para adolescentes Himalaya, en el Barrio Sur de Montevideo.
Un año y medio después y a 340 kilómetros de allí, Sebastián está descalzo y lleva un pantalón deportivo gris arremangado. Parece inmune al invierno. Se afirma sobre el suelo de cemento y dice: “Yo, para mí, eso estuvo mal”. Y no dice más.
La mirada es por momentos esquiva y por momentos inquisidora. Es la primera vez que una persona ajena a su vida se interesa por preguntarle sobre el origen de las 31 cicatrices circulares, rojizas y amarronadas que lleva en el brazo y la espalda.