Los Estados que necesitan mano de obra inmigrante para funcionar pero que rechazan la inmigración se encuentran en un dilema permanente. Quieren tener las puertas abiertas y cerradas al mismo tiempo.
Muchos responsables políticos creen que los trabajadores temporales ofrecen una forma de cuadrar ese círculo. Sueñan con un sistema en el que un número suficiente de personas (pero no más) lleguen legalmente, acepten que su libertad personal se verá limitada durante su estancia y se marchen en un momento determinado, idealmente antes de que necesiten acceder a la asistencia sanitaria o de que se les incluya en las estadísticas de migración neta.
Se trata de una propuesta tentadora, del tipo "quedarse con el pan y con la torta", así que por supuesto ha habido intentos de ponerla en práctica. Muchos países llevan años aplicando programas de migración temporal (PMT), y en los últimos tiempos hemos asistido a un renovado interés por la idea. Ante el aumento del sentimiento antiinmigración en muchos países, los responsables políticos se preguntan cada vez más si los PMT podrían ofrecer una salida.