Arde la Amazonia. Una vez más, como en la década de 1990, un "arco de fuego" amenaza la sostenibilidad planetaria. La producción y el consumo de alimentos - es decir, la tala y quema de los bosques tropicales para convertirlos en tierras agrícolas - son el meollo de la emergencia del cambio climático.
En un informe reciente, el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) de la ONU estima que la producción mundial de alimentos es responsable del 21-37% de las "emisiones antropogénicas". Pero ¿qué hay detrás de esta afirmación que coloca a la humanidad en general como responsable de la emergencia del cambio climático? Detrás hay el hecho de que la destrucción del Amazonas es consecuencia de un conflicto geopolítico que conecta a Brasil con China, a China con Estados Unidos y a Brasil, como miembro del Mercosur, con la Unión Europea.
En relación con la crisis del cambio climático, la humilde haba de soja tiene mucho por lo que responder. No la haba en sí misma, claro, sino la producción y el consumo humano relacionados con ella y, más concretamente, las políticas nacionales que giran en torno a ella. Cuando el presidente Trump declaró la guerra comercial a China, una de las consecuencias directas fue la respuesta china imponiendo aranceles del 25% a las importaciones de soja de Estados Unidos. Al mismo tiempo, tras la elección de Bolsonaro a la presidencia de Brasil, los limites legales a la deforestación del Amazonas y la expansión hacia el Cerrado, en gran parte para la producción de soja, se relajaron. Como dijo Ricardo Salles, titular del ministerio engañosamente llamado de Medio Ambiente, en una entrevista reciente en el Financial Times (23.08.2019), las leyes vigentes hasta entonces eran demasiado restrictivas ya que el desarrollo comercial lo que debe hacer es "monetizar" la Amazonia. O sea, convertir incendios en dólares.