El mundo ha presenciado un aumento dramático de las desigualdades de ingresos y riqueza durante las últimas tres décadas, por lo que la desigualdad económica extrema es una de las cuestiones definitorias de nuestros tiempos. Las 80 personas más ricas del planeta ahora poseen lo mismo que la mitad más pobre de la población mundial, mientras que 7 de cada 10 personas viven en países en los que la brecha entre los ricos y los pobres es más amplia de lo que era hace 30 años. En los Estados Unidos, el 10 % más rico representó más de la mitad del ingreso nacional total en 2012, el mayor porcentaje desde 1917.
En los últimos años, las políticas de austeridad impuestas a raíz de la crisis financiera mundial han agudizado la concentración de los ingresos y la riqueza. En muchas economías emergentes y países que están en transición de un régimen antidemocrático, el aumento o la persistencia de desigualdades económicas marcadas ha acabado con las expectativas de una sociedad más igualitaria. La desigualdad en Sudáfrica, por ejemplo, es mayor hoy que al final del apartheid, mientras que las medidas de austeridad regresivas han intensificado las desigualdades en la problemática transición de Egipto.
La indignación por la injusticia de la desigualdad extrema, y de las decisiones políticas no equitativas que la alimentan, ha incitado una oleada sin precedentes de movilización popular en todo el mundo. La desigualdad ha pasado al primer plano del debate político en muchos países. Se ha convertido en un elemento central de la agenda de desarrollo internacional, y es el tema de campañas de desarrollo a nivel mundial y de tomos académicos muy vendidos. Incluso los bastiones de la ortodoxia económica, como el Fondo Monetario Internacional, han identificado la desigualdad de ingresos como un desafío central del siglo XXI.