Este debate sobre la desigualdad como una cuestión de derechos humanos se ha centrado hasta ahora en la importancia instrumental de los derechos humanos para la desigualdad y viceversa, y no en el valor intrínseco de la igualdad como una norma de derechos humanos. Mientras que Samuel Moyn sostiene que el régimen y el movimiento de derechos humanos tienen poco que aportar como medios para luchar contra la desigualdad, Philip Alston, Juan Pablo Jiménez, Radhika Balakrishnan y James Heinz argumentan que la desigualdad obstaculiza el ejercicio efectivo de los derechos humanos. Sin embargo, es mediante la articulación de la igualdad como una norma social valiosa (y la desigualdad como una injusticia) que los teóricos y profesionales de derechos humanos pueden aportar una contribución fundamental a estos debates sociales y políticos contemporáneos.
Las actitudes sociales hacia la desigualdad son un factor crucial para la política del cambio. Si la desigualdad no se percibe como un problema, no habrá apoyo para las medidas redistributivas. ¿La desigualdad es algo malo? ¿Cuánta desigualdad es aceptable? Pocos defenderían la noción de una sociedad completamente igualitaria. La desigualdad que resulta de las diferencias de esfuerzos y capacidades es una recompensa justa, y proporciona el incentivo necesario para el trabajo duro. ¿En qué momento cambia la opinión pública y percibe la desigualdad como “excesiva” o “extrema”? Las encuestas muestran grandes variaciones entre los distintos países e individuos respecto a sus actitudes hacia la desigualdad como un problema.
Los estudios sobre la tolerancia a la desigualdad han abordado el tema como inconformidades individuales ante la propia posición relativa de ingresos, dentro del marco de la teoría de la elección racional, y no como una cuestión ética y un interés social. Las teorías económicas principales (p. ej., el teorema del votante mediano o el “efecto de túnel” de Hirschman), desarrolladas a partir del supuesto de los individuos egoístas, proponen que las actitudes hacia la desigualdad y el apoyo a la redistribución dependen de la posición de la persona en la distribución general de ingresos/riqueza, y que la tolerancia depende de si se siente agraviada por dicha posición, ya sea en un momento dado o en términos de su movilidad futura. Por lo tanto, la intolerancia probablemente crecería al aumentar el nivel de desigualdad. Sin embargo, las investigaciones no han generado muchas evidencias empíricas que respalden estas proposiciones.