La publicación de El capital en el siglo XXI de Thomas Piketty anunció una nueva era de acercamiento al problema de la desigualdad. A diferencia de obras anteriores sobre la desigualdad, Piketty alejó su mirada económica de los países en desarrollo y se enfocó en cambio en los patrones de concentración del ingreso y la riqueza en las economías desarrolladas de los Estados Unidos y Europa. Piketty sostiene que la desigualdad es importante para la salud económica a largo plazo de los países. Pero ¿qué pasa con las consecuencias de la desigualdad que van más allá de la economía?
Aunque Philip Alston asevera que la desigualdad extrema es la antítesis de los derechos humanos, existe una rama de la teoría económica que desde hace tiempo sostiene que cierto grado de desigualdad no solamente es bueno, sino necesario para el desarrollo: la concentración de ingresos proporciona el capital necesario para invertir en las empresas y los empleos. Esta línea de argumentación también afirma que el periodo de aumento de desigualdad es algo temporal y se reducirá con el paso del tiempo, conforme el país se desarrolla y, por consiguiente, la distribución de ingresos se vuelve más equitativa. Este argumento y las políticas que lo apoyaban caracterizaron gran parte de la economía del desarrollo de la década de 1970 y el llamado “Consenso de Washington” sobre la necesidad de que los países en desarrollo permitieran que los mecanismos de precios asignaran los recursos en sus economías.
El periodo de la llamada Reaganomía o la economía “vudú” (al estilo de la película Ferris Bueller’s Day Off [Un experto en diversiones]) en la década de 1980 tomó este argumento y lo aplicó a las economías ya desarrolladas de los Estados Unidos y el Reino Unido, donde se redujeron las tasas de impuestos marginales y la promesa de “derrame” de beneficios crearía empresas y trabajos nuevos. El análisis de los datos de declaraciones de impuestos, los datos de ingresos y riqueza a largo plazo, y las nuevas visualizaciones de datos sobre la desigualdad de ingresos en los Estados Unidos, muestran que las políticas que se establecieron en la época de Reagan se han mantenido en su mayor parte, y que la desigualdad de ingresos es mucho peor hoy en día que en los años inmediatamente anteriores a la Gran Depresión. Sorprendentemente, la quinta parte más rica de la población estadounidense posee el 84 % de todos los ingresos, una cifra que no difiere mucho de las encontradas en las otras economías avanzadas que analizó Piketty, y una cifra que por lo general ignoran la mayoría de los estadounidenses.