Recientemente en openGlobalRights, Joel Pruce y Doutje Lettinga se lamentaron de la naturaleza no revolucionaria (antirrevolucionaria, incluso) de los derechos humanos. El éxito ha hecho que las ONG orientadas hacia los derechos humanos se vuelvan “blandas”, lo que les ha ganado el reproche de críticos como las músicas y activistas rusas de Pussy Riot. Con más severidad, algunos afirman que las agrupaciones internacionales como Human Rights Watch ahora son cómplices del imperialismo y el militarismo estadounidenses.
Estos críticos se equivocan en sus conclusiones, aunque sus observaciones son correctas. Sí, los derechos humanos “ya no son revolucionarios”, pero eso es algo bueno, no un punto débil. Se están incorporando conceptos de derechos humanos al lenguaje y las prácticas de los Estados poderosos y las grandes corporaciones, lo que ayuda a hacer del mundo un lugar mejor y más seguro.
Los derechos humanos ya no son el territorio de un puñado de “radicales”, se han incorporado a la corriente principal; ya no son un concepto para uso de los revolucion-arios, sino algo que todos pueden interiorizar. Desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, se han integrado nociones vagas y ambiciosas de lo que se necesita para preservar la dignidad humana al discurso no solo de los académicos y activistas progresistas, sino también al de activistas conservadores, funcionarios estatales, los medios de comunicación y los magnates corporativos. La ubicuidad de los derechos humanos ilustra cómo el concepto, la posibilidad y la protección de los derechos han, en efecto, perseverado. Los derechos humanos ya no son el territorio de un puñado de “radicales”, se han incorporado a la corriente principal; ya no son un concepto para uso de los revolucionarios, sino algo que todos pueden interiorizar.