Día y noche se nos va la esperanza de la Vida, aun así, estamos convencidos de que nuestras luchas, reivindicaciones y resistencias deben seguir por esos que se llevó la mala muerte, por los que estamos sobreviviendo y por los que vienen como esa semilla de la vida y de la fuerza para continuar el legado.
Colombia, en los últimos meses y en medio de la pandemia, ha experimentado en el tiempo mismo de la “implementación del Acuerdo Final de Paz” su situación más crítica en términos humanitarios. Masacres, desplazamientos, atentados y una férrea intención de justificar la violencia por parte del gobierno, son el pan de cada día. El estigma es el mismo de siempre: “por algo fue”, “incumplieron la cuarentena”, “ajuste de cuentas”, e incluso los más atrevidos dicen: “eran jóvenes guerrilleros”. Ni aún muertos se nos respeta el buen nombre y la dignidad.
Ha sido tanta la violencia que hemos vivido en el país, que tristemente perdimos la empatía, la solidaridad y la humanidad con el otro; parece que hasta que no nos toque a nosotros, no dejaremos de naturalizar la matanza en la que estamos sumidos.