A inicios de abril, openDemocracy reveló que una red de influencia política vinculada al Kremlin había actuado en Argentina durante 2024 colocando cientos de artículos en medios de comunicación con el fin de desacreditar al gobierno del ultraderechista Javier Milei.
Lo que siguió se parece mucho a las ficciones que los rusos filtraron en 26 digitales argentinos entre junio y octubre de 2024.
En el ecosistema mediático se impuso una versión reducida y tergiversada de los hechos, que el gobierno aprovechó para atacar una vez más a los periodistas, amenazarlos con acciones penales y retirar acreditaciones ante la Casa Rosada, pero no para investigar con seriedad los hechos. Algunos medios la usaron para despedir a periodistas.
La misión rusa buscaba dañar al gobierno de Milei, por su alineamiento absoluto con Estados Unidos y por su apoyo a Ucrania en la guerra de agresión lanzada por Rusia, según la investigación colaborativa de openDemocracy, Forbidden Stories y Filtraleaks.
Nuestros hallazgos partieron de la revisión y verificación de 76 documentos filtrados de una entidad que se hace llamar la “Compañía”, brazo de la organización mercenaria rusa Grupo Wagner.
El impacto fue inmediato. Nuestra investigación fue recogida o republicada unas 70 veces, dentro y fuera de Argentina.
Pero la versión viralizada – “periodistas pagados por Moscú para escribir fake news contra Milei” – erró el blanco. No podemos descartar que haya habido periodistas o medios pagados, pero nuestra investigación expuso algo más inquietante: el mecanismo utilizado para colocar contenidos.
Es el elefante en la habitación. Cada vez más, los medios publican contenido promocionado de orígenes diversos, en un contexto de deterioro, caída de audiencias y de ingresos, destrucción de las salas de redacción y de los salarios del personal periodístico.
Pueden ser simples comunicados o las tradicionales ‘publinotas’ que promueven un producto, una marca, un proyecto empresarial. Pueden ser artículos de opinión o análisis que vienen a defender o a atacar una reforma legal, una medida del gobierno, un fallo judicial, un reclamo popular o un conflicto sindical. O una guerra, o el genocidio en Gaza.
Según el modelo, pueden implicar o no el pago por publicar. Buena parte del contenido generado por terceros se publica gratis, en el entendido de que más artículos mejoran la visibilidad y el tráfico orgánico del medio. Y llega por la vía de múltiples intermediarios.
Fueron las fuentes de los medios las que nos describieron que así habían llegado estos artículos. NInguna tenía idea de que el origen fue una campaña rusa. Pero también reconocieron una falta de control editorial sobre lo que publican bajo esta modalidad. Casi todas las firmas de los artículos colocados por los rusos eran ficticias.
Así, la operación de desinformación se limitó a inyectar contenidos mediante la contratación de intermediarios. Los artículos mezclaban información real con contenido generado por IA. Un dato curioso: el presidente aparece casi siempre con su primer y segundo nombre, Javier Gerardo Milei, algo que ningún periodista ni medio argentino escribiría.
Esta mezcla dio como resultado algunos engendros de noticias falsas, pero también incomprensibles. “Milei nombró a un protegido de EEUU para suceder a Luis Arce”; “El verdadero propósito del golpe militar en Bolivia era asesinar al presidente Arce”; “La baja de Milei de la cumbre sobre Ucrania es una reacción a la “fórmula de paz” de Biden para Israel”.
La Compañía armó tinglados completos, contrató carteles o graffitis, y luego produjo ‘noticias’ sobre ellos, firmadas por periodistas inexistentes.

Los operadores rusos contrataron estudios de opinión pública, informes sobre el complejo militar-industrial, los recursos petroleros, los partidos políticos y los sindicatos; hicieron perfiles de figuras públicas y planes para apoyar a candidatos de la oposición en las elecciones legislativas de 2025. Pero no movieron la aguja a favor del Kremlin.

Sin embargo, este no fue un episodio menor. Los rusos se colaron por un agujero que tienen los medios para publicar casi cualquier cosa. Esa vulnerabilidad sigue ahí para que estos u otros actores malintencionados la exploten.
Las redes de desinformación dañan, aunque el daño no resulte siempre evidente. Como dijo el experto en medios Martín Becerra, el objetivo a veces es el “caos, el desorden”, las semillas del descrédito de instituciones que antes eran legitimadas, como los medios y los periodistas.
Las autoridades argentinas, que sabían de la existencia de la Compañía desde por lo menos junio de 2025, vienen jugando al gato y al ratón con este asunto. En aquel momento incluso divulgaron los nombres y rostros de sus presuntos líderes.
Muchos meses después, el 2 de abril, día que openDemocracy publicó la investigación, la secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE), que nunca quiso contestar nuestras preguntas, sostuvo en un comunicado que había denunciado la existencia de la Compañía a la justicia y a la fiscalía en octubre del año anterior. Pero no hay rastros de tal denuncia.
La primera denuncia, en realidad, la presentó un abogado privado, el 3 de abril. Solo entonces el juez Sebastián Ramos abrió las actuaciones, de las que por ahora nada se sabe.
El 1 de mayo, la ministra de Seguridad y la SIDE aseguraron que habían detenido al ciudadano ruso Dmitri Novikov, previamente expulsado de República Dominicana por presuntas actividades de desinformación, y lo vincularon con la Compañía. La ministra lo calificó como “líder ruso de las fake news” y dijo que se lo iba a expulsar. El 6 de mayo, Novikov fue puesto en un vuelo rumbo a Estambul sin que pasara por el juzgado de Ramos para ser interrogado.
En octubre de 2025, una fuente anónima compartió con una periodista africana 76 documentos escritos en ruso. Allí había planes de trabajo, registros contables, presupuestos, comprobantes de gastos, facturas, biografías de empleados y reportes de campañas de influencia política y desinformación en decenas de países.
Un consorcio conformado por The Continent, openDemocracy, Forbidden Stories, All Eyes On Wagner, Dossier Center, iStories y varios periodistas independientes de habla rusa, emprendió una investigación de meses sobre esos documentos, la mayoría fechados entre enero y noviembre de 2024.
Mediante información de fuentes abiertas, entrevistas académicas y de seguridad y registros financieros obtenidos de fuentes independientes, el consorcio verificó que los documentos eran auténticos.
Esos archivos permiten conocer los planes trazados por la Compañía desde una oficina en San Petersburgo para interferir en la política y la opinión pública de 30 países, la gran mayoría en África, pero también, y por primera vez, en Bolivia y Argentina.
La Compañía es el remanente de uno de los brazos de Wagner, una empresa paramilitar que actúa desde 2014 en varios continentes en defensa del Kremlin. Desmembrada en 2023 – luego de la muerte de su cara visible, Yevgeny Prigozhin –, sus partes fueron puestas bajo control directo del Estado ruso.
El consorcio periodístico publicó más de 20 artículos desde mediados de febrero en los que describimos estrategias ambiciosas – como “reformular el espacio africano con la creación de un cinturón de regímenes amigos de la Federación Rusa” –, tácticas descabelladas, como una caravana de motocicletas de apoyo a Trump en la capital de República Centroafricana, o propagación de noticias falsas, como drones ucranianos sobrevolando Mali, o terroristas argentinos intentando sabotear un gasoducto en Chile.
Buena parte de los planes se enfocaron en fogonear legítimos sentimientos anticoloniales y antiimperialistas, contra Francia, Reino Unido o Estados Unidos, interferir en la política interna, como en Sudáfrica, Bolivia o Argentina, y expandir la red de influencia rusa en la región del Sahel.
De las 1.431 páginas de documentos filtrados publicamos apenas algunos fragmentos. Porque el formato en el que se encuentran podría poner en riesgo a la fuente, y para proteger a decenas de personas cuyos nombres figuran en los archivos como blancos de perfilamientos, seguimientos, ataques o estrategias de captación. Publicar nombres sin verificar los hechos no es periodismo.

Las tácticas se basaron a menudo en azuzar tensiones, conflictos o descontentos preexistentes. Si el resultado coincidía con el objetivo trazado, los rusos cantaban victoria en los informes a sus jefes. De los fracasos nadie rendía cuentas, al menos en los documentos que examinamos.
El hecho de que innumerables factores determinen el rumbo de una sociedad o un país, estaba más allá del análisis de los “politólogos” rusos, como les gusta nombrarse.
Así pasó en Bolivia. Una misión sobre el terreno intentó apuntalar al gobierno de Luis Arce, amigo del Kremlin, aunque eso implicó tomar como blanco principal a otro aliado, el expresidente Evo Morales. El fracaso fue total. Ni Arce ni Morales pudieron postularse en las elecciones de 2025. Y su partido, el MAS, que gobernaba desde 2006, perdió a manos de la derecha. Nada de esto impidió que los tres jefes de la misión boliviana pidieran al Kremlin que los condecoraran con medallas.

Si bien nuestra investigación fue publicada por varios medios, ninguna fuente del gobierno anterior ni actual de Bolivia quiso comentar las revelaciones, ni siquiera para desmentirlas. Más de un mes después, un diputado anunció que pediría una comisión investigadora sobre los hechos.

Rusia, como China, es un contrapeso geopolítico real de EEUU, la potencia imperial por excelencia. Pero un malentendido habitual la coloca en algún lugar cercano a la democracia, la izquierda y los derechos humanos.
La ideología del Kremlin es autoritaria, ultraconservadora, abomina de las personas queer, defiende la familia tradicional y tolera la violencia contra las mujeres. Tiene mucho en común con la ultraderecha cristiana que hoy campea en la Casa Blanca. Tal como openDemocracy ha documentado, Rusia financió a la extrema derecha europea que promueve, en esencia, los mismos valores. Estos sectores ultras de EEUU, Europa y Rusia han compartido foros, estrategias y recursos.
Solo por esto, debería preocupar que redes de interferencia política del Kremlin hayan llegado a América del Sur. Más aún, con el historial de Wagner.
En julio de 2018, tres periodistas rusos murieron asesinados en una emboscada en una carretera de República Centroafricana, mientras investigaban la presencia de mercenarios de Wagner.
El crimen nunca se aclaró. Según Human Rights Watch, ni el gobierno de República Centroafricana ni el de Rusia hicieron esfuerzos para encontrar a los culpables. Una reconstrucción forense de los hechos, realizada por el medio independiente ruso Dossier Center, concluyó que los asesinatos fueron planificados y que empleados de Wagner tuvieron “una influencia prácticamente ilimitada sobre la investigación preliminar”.
En 2022, las masacres de más de 500 civiles en dos localidades de Mali, Hombori y Moura, fueron atribuidas a tropas de Wagner y al ejército maliense. (La Federación Internacional de Derechos Humanos y otras dos organizaciones acaban de presentar una denuncia por estos crímenes ante la Corte Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos).
Una de las terminales de Prigozhin, la Internet Research Agency, lanzó campañas de desinformación que marcaron el clima electoral de EEUU y del Brexit del Reino Unido en 2016. En este último caso, una de las tácticas fue avivar el sentimiento antiislámico, con eco en grandes medios e impacto en las vidas de personas reales.
Tanto en EEUU como en el Reino Unido, la desinformación rusa se sumó a campañas más pesadas, como la oscura operación de Cambridge Analytica y Facebook que implicó la compra de datos privados de millones de usuarios de la red social con fines de manipulación electoral.
En las elecciones húngaras de abril, hubo también desinformación desde Rusia en favor de la reelección de Víktor Orbán, pero, según el medio independiente Lakmusz, resultó insignificante comparada con la red interna que montó el propio partido gobernante Fidesz. Ni una ni otra lograron su objetivo. Fidesz y Orbán perdieron de manera rotunda.
Resulta tentador pensar que, como en 2016 Trump y el Brexit ganaron, las mentiras y la desinformación marcaron la diferencia y por eso fueron noticia, mientras que en la Hungría de 2026 (o en la Argentina de 2024), no tuvieron importancia porque no lograron su objetivo.
La tarea de revelar la desinformación no se limita a exponer su impacto, ni se extingue cuando éste parece nulo. Como vimos, nunca lo es.