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Cómo entender el optimismo pragmático de China frente a la IA

Mientras EEUU imagina la IA como distopía, China la adopta moldeada por su memoria de la pobreza, la humillación nacional y la certeza de que el progreso es imparable

por Selina Xu
Cómo entender el optimismo pragmático de China frente a la IA
 Humanoide en el stand de IA de Shanghái 2026 CFOTO/Future Publishing vía Getty Images
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  • Este texto fue publicado originalmente en The Ideas Letter y ha sido editado por motivos de extensión y claridad.

A unos 30 kilómetros de la playa de Humen, en el sur de China – donde la quema de opio en 1839 dio inicio a las Guerras del Opio y al ‘Siglo de la Humillación’ –, se encuentra el campus de Huawei, sobre el lago Songshan. Cuando lo visité a comienzos de, fue imposible no maravillarme de lo lejos que ha llegado China. 

El campus es una réplica de un pueblo europeo, con más de cien cafés, que parece transmitir, sin ironías, las ambiciones globales de Huawei y su afán de aprender de Occidente. Mientras observaba las tecnologías que se desarrollan en muchos de los edificios palaciegos, me resultó evidente que la empresa está en el centro del auge de la inteligencia artificial (IA) de China, que impulsa con sus chips Ascend y su ecosistema HarmonyOS que sostiene a millones de dispositivos y automóviles, todo ello posibilitado por sus equipos de redes de telecomunicaciones.

Más que cualquier otra empresa china, Huawei ha sido el símbolo más llamativo de la resiliencia, la resistencia y el triunfo del país frente a los esfuerzos occidentales por contener y mutilar su ascenso tecnológico. En 2019, el primer gobierno de Trump incluyó a Huawei en una lista negra comercial que prohibía a las empresas estadounidenses vender piezas al gigante de las telecomunicaciones, y luego expulsó a Huawei de Estados Unidos y presionó a otros países para que hicieran lo mismo. Esas restricciones parecían una sentencia de muerte, pero nada de eso detuvo el desarrollo de la IA en China. Al contrario, de China ha surgido un futuro distinto para la IA, más optimista, controlado y pragmático que el de Estados Unidos.

La sombra del Siglo de la Humillación se cierne sobre el futuro de la IA de China. Cuando el secretario de Comercio de Estados Unidos, Howard Lutnick, describió el año pasado las exportaciones de chips estadounidenses como una manera de hacer a los desarrolladores chinos "adictos al conjunto de tecnologías estadounidenses", resonaron ecos de las Guerras del Opio. 

China puede ser conquistadora de la tecnología o ser conquistada por la tecnología de otros

Por eso, cuando empresas como Huawei y DeepSeek – desarrolladora de IA con código abierto – causan revuelo en el mundo, sus fundadores son vistos en China como héroes que defienden el orgullo del país y el destino nacional. Y por eso, en definitiva, cuando los chinos de a pie piensan en la IA, no piensan en concentraciones de poder y recursos, como les pasa a  muchos en Occidente. Recuerdan cómo China tardó en industrializarse durante las Guerras del Opio y fue, por ello, saqueada por potencias extranjeras.

La lección es contundente. China puede ser conquistadora de la tecnología o ser conquistada por la tecnología de otros; no hay forma de vivir en la negación ni de detener la marea del cambio.

La IA, después de todo, es la última de un seguidilla incesante de tecnologías disruptivas. Algunos chinos ya mayores han pasado de fundir acero en hornos caseros y comer con cupones de racionamiento a las transmisiones en vivo de Douyin – la versión de TikTok en China – y a Alipay – plataforma de pagos móviles y billetera digital – en el transcurso de una vida. La IA se siente igual de inevitable y, me atrevo a decir, tan rutinaria como el navegador de internet y el teléfono inteligente. La IA se siente normal.

Hoy, China está profundamente orientada al futuro por necesidad: no puede darse el lujo de no mantenerse al día. El costo sería sencillamente demasiado alto. La economía china se desacelera, ante un derrumbe de los precios de la propiedad que ha golpeado la riqueza de los hogares, vientos en contra del comercio global para sus exportaciones, un consumo interno débil y una población que envejece. Beijing espera que nuevas industrias de alta tecnología, como la IA y la robótica, puedan llenar el vacío que dejó la propiedad y encaminar a China hacia un crecimiento más modesto pero más sostenible.

China es una nación de tecnooptimistas reticentes, pero pragmáticos

Según una encuesta de la Universidad de Stanford, 84% de las personas encuestadas en China dijeron estar entusiasmadas con la IA, en comparación con apenas 38% en Estados Unidos. Hoy, más de 600 millones de chinos usan IA generativa, casi un 142% más que hace un año. Entre los chinos comunes, el ánimo es de aceptación generalizada, teñido por el miedo a quedar obsoletos si no aprenden a dominar la tecnología con suficiente rapidez. Un dicho inspirado en Stalin y enseñado a los escolares chinos encarna esa ansiedad: "El atraso te hace recibir golpes de los demás". 

En China se está gestando un sentimiento de pesimismo, sobre todo entre los jóvenes, pero aun así sería difícil encontrar personas que odien la IA. China es una nación de tecnooptimistas, reticentes pero pragmáticos.

Imaginar a China como el futuro

Corre el año 2062 y la República de la Gran China celebra el quincuagésimo aniversario de su fundación. La Reina de Inglaterra, el Emperador de Japón, el Presidente de Rusia y otros dignatarios extranjeros han llegado a la capital, Nankín, para la ocasión. Mientras tanto, Kong Hongdao, un venerado erudito que resulta ser descendiente de la 72ª generación de Confucio, ha sido invitado a dar una conferencia sobre cómo la democracia china le ha traído al país su prosperidad actual y su condición de superpotencia. Decenas de miles de personas han llegado de todo el mundo para escucharlo hablar en chino, idioma que, por supuesto, todas entienden.

¿Suena inquietantemente verosímil? Tal vez sea porque buena parte de lo que aparece en este escenario ya ha ocurrido varias décadas antes de 2062. ¿Parece también absurdo y fuera de la realidad? Esta fantasía fue escrita en 1902, en una época en que la China de la dinastía Qing (1644-1912, la última dinastía imperial) seguía siendo una monarquía absoluta, y las principales alternativas de reforma eran el republicanismo y la democracia; la Revolución bolchevique todavía estaba a 15 años de distancia. 

La trama proviene de la que podría considerarse la primera novela de ciencia ficción de China, aunque inconclusa: El futuro de la Nueva China, de Liang Qichao. Exiliado en Japón en 1898 tras su papel en la fallida Reforma de los Cien Días durante la dinastía Qing, Liang buscó usar sus visiones de China como superpotencia para elevar el espíritu de todo un pueblo, inculcándole la importancia de la ciencia y la tecnología. Esa ficción les permitía a los chinos ver a la propia China como el futuro, en lugar de situarlo fuera de China.

Desde entonces, la ciencia ficción china – desde 2066: Estrella roja sobre América, escrito en el 2000 por Han Song, hasta la extensa epopeya que comenzó a escribirse en 2009 en internet, La estrella matutina de Lingao, del Partido Industrial, una comunidad en línea que predica la supremacía de la industrialización – ha seguido obsesionada con el motivo de China convirtiéndose en superpotencia a través del desarrollo tecnológico o, como ha escrito el académico Mingwei Song, "una narrativa utópica que proyectaba el deseo político de reforma de China hacia un mundo idealizado y tecnológicamente más avanzado".

De niña, recuerdo haber visto la serie documental El ascenso de las grandes potencias, estrenada en 2006 por la cadena estatal CCTV. La serie analizaba cómo nueve naciones llegaron a convertirse en grandes potencias, y extraía lecciones, como la importancia de la industrialización para lo que el expresidente chino Hu Jintao (2003-2013) llamó alguna vez el "ascenso pacífico" de China. Más recientemente, series taquilleras adaptadas de la saga El problema de los tres cuerpos (2008) y de La Tierra errante (2000), de Liu Cixin, veneral, de modo análogo, la ciencia, la ingeniería a gran escala y el esfuerzo humano organizado para vencer el peligro de la extinción.

Esto es absolutamente distinto de las historias de impulso prometeico y fatalidad distópica que impregnan la cultura estadounidense. Cuando el ciudadano estadounidense promedio evoca imágenes de la IA, las más inmediatas son las del T-800 saliendo de las llamas mientras su traje de carne se derrite para dejar al descubierto su endoesqueleto metálico en Terminator, el empático sistema operativo del que un hombre se enamora en Her, y la IA rebelde que siembra el caos global en las dos últimas entregas de Misión: Imposible.

Pero si rastreamos la genealogía de la IA, la fascinación de Occidente por la conciencia de las máquinas se remonta a Frankenstein, de Mary Shelley, en 1818, y Erewhon, de Samuel Butler, en 1872, cuando Inglaterra lidiaba con la irrupción de la automatización de la Revolución Industrial, que sembró sentimientos de impotencia humana.

El impulso dominante es combatir la tecnología como el villano y doblegarla a la voluntad humana para defender la esencia de la agencia humana; la agencia también está en el centro de las conversaciones sobre la IA en Silicon Valley, mientras las personas se esfuerzan por tener alta capacidad de acción, en lugar de ser un NPC, un personaje no jugador que se usa como relleno en los videojuegos que juegan otros.

A los estadounidenses no les resulta fácil entender el hambre china de futuro, en parte porque tiene poco que ver con los miedos en torno a lo humano. Mientras el estadounidense promedio desconfía de los peligros distópicos de la IA, en particular de la erosión de la agencia humana, al chino promedio lo motiva más el miedo a la privación: los recuerdos de la pobreza siguen vívidos para muchos. Lo humano, por lo tanto, puede subordinarse al progreso.

Esto se ilustra mejor con los cientos de miles de trabajadores que fabrican iPhones, así como con las decenas de millones de trabajadores de plataformas (gig workers) de China, cuyas vidas y cuerpos están determinados y aumentados por máquinas y algoritmos, optimizados constantemente para lograr más eficiencia y velocidad.

Me pregunto si China, que se identifica como una nación en desarrollo, está más dispuesta a anteponer el avance tecnológico al bienestar individual por los dividendos que ha cosechado a lo largo de las últimas cuatro décadas.

Así, mientras en Estados Unidos los habitantes de Virginia protestan contra los centros de datos en sus patios traseros, y líderes del Congreso como Bernie Sanders proponen una moratoria al desarrollo de la IA, tanto el Estado como la sociedad en China sienten que no pueden permitirse desacelerar, por miedo a volver a caer en la fuerza gravitacional del Siglo de la Humillación. En la psique china, la tecnología no es un enemigo que se pueda desechar, ignorar o derrotar.

La tecnología es la instrumentalidad de las máquinas que se enseña en Cien mil porqués, una popular serie de divulgación científica china para niños. Es la fuerza indomable de la producción material que revivirá a la nación, tal como exalta el materialismo histórico marxista; empodera a la sociedad como colectivo. Incluso podría decirse que la visión china del futuro tecnológico está contaminada y limitada por el pragmatismo. Depende del miedo a perderse, por tomar prestadas las palabras de los líderes del país, "la próxima ronda de revolución tecnocientífica y transformación industrial", como ocurrió en el pasado, y de una obsesión por evitar a toda costa los errores del siglo XIX.

Cuando el optimismo tecnológico flaquea

A pesar de las visiones futuristas y positivas de fortaleza nacional, el crecimiento de la IA suscita descontento y se considera que tiene un lado oscuro. Arrastrados por el vértigo de la tecnología, una sensación de desubicación y resignación ha envuelto a muchos a ambos lados del Pacífico. Tanto China como Estados Unidos enfrentan el mismo problema: cómo equilibrar el crecimiento y el control de la IA. China parece inclinarse más hacia el punto medio en un intento por mantener la estabilidad social. En contraste, Estados Unidos avanza a toda velocidad, persiguiendo el crecimiento a cualquier costo, con el objetivo de alcanzar la automejora recursiva, el momento en que la IA engendra una IA cada vez más inteligente, mejor conocida como inteligencia artificial general (AGI).

Los intentos estadounidenses de regular la IA suelen rebatirse con invocaciones a una carrera de IA en marcha y con temores de que el freno mermaría la capacidad de las empresas estadounidenses de vencer a las chinas y permitiría que China alcanzara primero la AGI. Esta búsqueda de la AGI ha desatado una cantidad asombrosa de inversión. 

Se espera que cinco de las principales empresas tecnológicas estadounidenses gasten en conjunto 700.000 millones de dólares este año en infraestructura de IA y otros grandes proyectos, más que toda la economía de los Emiratos Árabes Unidos. La economía estadounidense también se ha vuelto cada vez más dependiente de la IA, y algunos economistas sostienen que las inversiones en IA representaron hasta el 92% del crecimiento del PIB de Estados Unidos en la primera mitad de 2025. Los laboratorios de IA estadounidenses se han vuelto demasiado grandes para caer.

Eso no ha hecho que la IA sea más popular. En marzo, una encuesta de NBC News a 1.000 votantes registrados en Estados Unidos halló que los únicos temas con una calificación neta positiva más baja que la IA eran Irán y el Partido Demócrata. Según una encuesta de Gallup de principios de este año, incluso entre los estadounidenses de la generación Z, que son usuarios frecuentes de la IA, la ira hacia la tecnología va en aumento: solo el 18% de las personas encuestadas dijeron sentirse esperanzadas al respecto. Muchos culpan  a los oligarcas tecnológicos que construyen la tecnología. En abril, un joven lanzó un cóctel molotov contra la casa del director de OpenAI, Sam Altman.

Mientras tanto, China avanza con más cautela, tratando de equilibrar el crecimiento y el control. El Partido Comunista Chino necesita la IA para impulsar la productividad, dinamizar la economía y enfrentar desafíos internos como el declive demográfico; al mismo tiempo, necesita impedir que la IA desplace demasiados empleos y fomente el malestar social. Las élites encargadas de las políticas están atentas a la posibilidad de inestabilidad social.

Los funcionarios chinos abogan por un enfoque de la IA centrado "primero en el empleo" y "en las personas", presentando la tecnología como creadora de empleos; el año pasado, las autoridades chinas de arbitraje laboral dictaminaron que las empresas están legalmente obligadas a capacitar o reasignar a los trabajadores antes de que puedan ser reemplazados por la IA. Algunos expertos han sostenido que, durante los últimos cuatro años, China ha tenido las regulaciones de IA más amplias y onerosas del mundo, que exigen a los desarrolladores presentar sus modelos a los reguladores para evaluaciones previas al despliegue e incluir marcas de agua en el contenido generado por IA. El impulso se acelera: en la primera mitad de 2025, China emitió tantos requisitos nacionales sobre la IA como en los tres años anteriores, según Concordia AI, una empresa social con sede en Beijing centrada en la seguridad y la gobernanza de la IA.

Después de todo, la legitimidad del Partido Comunista Chino desde Deng Xiaoping se ha construido sobre la promesa de prosperidad a cambio de menos libertades, sobre la promesa de que el mañana será mejor y de que los niveles de vida seguirán subiendo. 

Beijing quiere que la IA sostenga, y no haga añicos, ese pacto tácito.

El Partido ya ha contenido el resentimiento contra los ricos al poner de rodillas a las empresas tecnológicas. Durante la pandemia de COVID, los empresarios tecnológicos de China quedaron atrapados en una tormenta regulatoria que duró años, lanzada en nombre de la reducción de la desigualdad social y del freno a la expansión desordenada del capital bajo la campaña de "Prosperidad Común" de Xi Jinping.

Pero navegar entre el crecimiento y el control de la IA no será fácil. Durante mi viaje en junio, percibí una creciente conciencia sobre el impacto de la IA en los empleos, aunque para muchos todavía no ha derivado en miedo. Muchos sienten curiosidad por la burbuja de IA de Estados Unidos, por el auge de la programación con IA y su impacto en los ingenieros de software, y por la enorme desigualdad causada por la inédita cantidad de riqueza que se generará con las próximas salidas a bolsa de los laboratorios de vanguardia estadounidenses este año.

Para mí, China está más o menos un año por detrás de Estados Unidos en cuanto al punto en el que se encuentra en la tecnología y en el entusiasmo desmedido. Hay menos fanfarria grandilocuente sobre las capacidades de la IA y menos concentración visible de riqueza, y el momento de la AGI no se siente inminente para la gran mayoría. 

No es de extrañar que los temores en torno al desplazamiento laboral provocado por la IA parezcan más leves en China que en Estados Unidos, aun cuando a la economía y al mercado laboral de China les va peor en general. Pero está por verse si el espíritu de época más positivo en China se mantendrá, en uno o dos años, en caso de más despidos a gran escala en la industria tecnológica, aunque parece probable que el gobierno intervenga para minimizarlos.

Por ahora, en la China posterior al auge, la nueva normalidad es el estancamiento de los salarios, un mercado laboral difícil, el desplome de los precios de la propiedad y la involución en todos los sectores, nada de lo cual se percibe como causado directamente por la IA. Cansados de correr cada vez más rápido hacia un futuro incierto, algunos trabajadores se están relajando y renunciando a la grandiosa narrativa del progreso estatal orientada al futuro. Una diminuta exhalación de libertad bajo el panóptico del control autoritario.

Y unos pocos han intentado resistir con vehemencia la embestida tecnológica. En 2024, los taxistas de Wuhan protestaron contra los robotaxis de la empresa Baidu, y captaron la atención nacional. En una carta, sostuvieron que los taxis tradicionales "al borde de la extinción". Aunque el mensaje se volvió viral, las protestas no pudieron detener el despliegue de los autos autónomos en las ciudades chinas. Mientras China se lanza de cabeza hacia su visión nacional de ascenso tecnológico, la mayor parte de la sociedad sigue corriendo hacia adelante, con la esperanza de que la IA cumpla la promesa de rejuvenecimiento.

El futuro atormentado por el pasado

El año pasado, durante una breve escala en Shenzhen, deambulé por la Ventana al Mundo, un parque temático que en la década de 1990 era el punto turístico más popular de la ciudad y que ahora se parece más a una parodia obsoleta. Salté por la Gran Muralla a escala reducida, observé las pequeñas pirámides de Giza no muy lejos de los rostros tallados del Monte Rushmore, y contemplé un mini Monte Fuji recortado contra rascacielos que se elevaban hacia el cielo azul.

El parque temático casi vacío tenía un encanto relajado y desvaído, consciente de que pertenecía a una época que ya pasó. Pude imaginar cómo, al inaugurarse, los bulevares debieron haber estado repletos de turistas chinos ansiosos por ver el mundo, pero sin los medios para viajar al extranjero. Estas pequeñas arcadias de la globalización brotaron por toda China, con más de 2.500 construidas entre 1990 y 2005.

Hoy, parques como la Ventana al Mundo ya no cautivan a los chinos. Mientras, los paisajes urbanos que los rodean encarnan ahora una hipermodernidad que atrae a los turistas extranjeros. Metrópolis del mañana como Shenzhen y Chongqing se asemejan a otro tipo de gigantesco parque temático, que representa ideas fantásticas del futuro. Influencers y ejecutivos occidentales hacen el peregrinaje a las ciudades chinas para experimentar la entrega de comida por dron, losujosos autos eléctricos, los trenes de alta velocidad, los teléfonos de triple pliegue y los robots humanoides que bailan. Esta es otra manifestación más de lo que he llamado "sinofuturismo".

Pero lo que más me impacta a medida que viajo a China año tras año es cómo el arco de la historia pesa sobre el presente. Muchas personas en Occidente no logran imaginar lo que realmente se siente haber vivido los últimos 40 o 50 años desde la Reforma y Apertura. Muchos empresarios tecnológicos chinos de mediana edad que conocí el mes pasado mencionaron sus recuerdos de privaciones y hambre, de haber crecido comiendo carne una vez al año, de ganar apenas 10 dólares al mes incluso siendo egresados universitarios, y de la destructiva agitación de la Revolución Cultural.

Estas son las elites que actualmente dirigen el futuro de la IA en China. Su miedo más poderoso respecto de la IA es que pueda hacer retroceder la sociedad a la pobreza y el caos de un pasado no tan lejano, ya sea por una adopción demasiado lenta o demasiado rápida.

En las personas de a pie percibo una mezcla de nacionalismo, optimismo y apatía. Quieren que la IA sea buena, que mejore sus vidas, que siga impulsando el motor económico de China. Unos 451 millones de personas viven en zonas rurales, con menos acceso a educación y atención médica de calidad. En 2025, el PIB per cápita de China rondaba los 14.000 dólares, menos de una sexta parte del de Estados Unidos. Pero la población del país se reduce y envejece rápidamente; la población en edad de trabajar alcanzó su punto máximo en 2015.

La IA, entonces, no puede ignorarse y debe aprenderse. La mayoría entiende que China todavía no tiene el lujo de elegir no crecer. Incluso muchos de los más escépticos en China, en lugar de imaginar alternativas liberadoras a la tecnología, como hacen otros en Occidente, se encogen de hombros y confían esas elucubraciones al Partido, que promete que solo él puede conducir al país hacia el cumplimiento de la misión del "rejuvenecimiento nacional".

Aun así, conviene tener cuidado de no descartar la visión china de la IA como algo inamovible. Al igual que en Estados Unidos, los sueños y las pesadillas se disputan espacio constantemente. Bajo las visiones jerárquicas de la IA – como una tecnología que impulsará a la nación y a la sociedad hacia adelante, que será una panacea para los desafíos internos y que sanará las cicatrices del Siglo de la Humillación –, el pueblo chino tiene sus propios deseos, innovaciones y subversiones que disputan y moldean las visiones del Estado.

Pienso en las mujeres que tienen citas con novios de IA y se niegan a casarse con hombres reales, en la generalizada crítica al gigante del streaming iQIYI por licenciar la imagen de actores reales para programas generados por IA, en el ‘momento DeepSeek’ que desató en China un movimiento de código abierto de abajo hacia arriba, y en una reciente regulación gubernamental que prohíbe los acompañantes virtuales para menores. El futuro no llega sin fricciones.

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