Mientras se lleva a cabo la cumbre sobre el cambio climático COP30 en Belém, Brasil, resulta evidente que la financiación climática se encuentra en una encrucijada. El aumento de las temperaturas globales, la desigualdad creciente y la insostenible carga de la deuda en países en desarrollo convergen en una realidad común: la cuestión ya no es si se necesita una movilización masiva de recursos, sino cómo, para quién y con qué fines.
Desde la perspectiva del Sur Global, hay tres reflexiones esenciales: la necesidad de vincular la financiación climática al desarrollo, la importancia de hacer frente a los mitos sobre la deuda y las finanzas públicas, y la oportunidad de replantearse el propio modelo económico.
En primer lugar, la financiación climática debe vincularse a una estrategia de desarrollo clara. Con demasiada frecuencia, en los debates y las negociaciones sobre el clima, el desarrollo se trata como algo secundario, o incluso como algo indeseable. Esta visión no es ni realista ni justa, especialmente para los países en desarrollo, donde la reducción de la pobreza, la creación de empleo y la estabilidad social siguen siendo prioridades urgentes.