Si imaginamos cómo actúa la diplomacia climática, podríamos visualizar a negociadores y científicos incansables, encorvados alrededor de una mesa, trabajando hasta altas horas de la noche en acuerdos difíciles que persiguen en busca de una meta existencial.
La diplomacia climática, nos dicen, es donde la gente se reúne para resolver la crisis climática. Pero esa visión está cada vez más alejada de la realidad. Resulta preocupante que las empresas de combustibles fósiles y otros intereses poderosos tengan una influencia creciente en las conversaciones mundiales sobre el clima.
El año pasado, más de 1.700 lobistas de la industria de los combustibles fósiles tuvieron acceso a la COP29, la 29 conferencia anual de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) celebrada en Azerbaiyán. Esto es más que las delegaciones sumadas de los 10 países más vulnerables al cambio climático. El año anterior, la empresa petrolera estatal del país anfitrión, los Emiratos Árabes Unidos, utilizó supuestamente la COP28 para conseguir contratos.