Jaime Lucian dos Santos Filho creció en una casa sobre pilotes a orillas del río Araguari, en el pueblo de Bom Amigo, en el estado de Amapá, al norte de Brasil. Su familia y las varias docenas de habitantes del pueblo comían pescado del río, criaban búfalos en sus orillas y regaban huertos con su agua. El producto de su trabajo lo llevaban río arriba hasta el mercado.
En época de crecidas, el Araguari, una lámina de agua de cuatro kilómetros de ancho, se convertía en un poderoso río torrentoso. El resto del año, simplemente fluía. La situación empezó a cambiar a principios de la década de 2000, cuando Filho observó que la corriente disminuía. Empezaron a aparecer bancos de arena, que gradualmente fueron creciendo. En 2013, el Araguari -hasta su desembocadura en el Atlántico, a veinte kilómetros de distancia- se había llenado de sedimento y ya no pasaba por Bom Amigo.
Filho dice que el cambio fue una bendición mixta. "Tenemos más tierra para plantar. Pero el agua se hizo más escasa".