En un diminuto islote en medio del río Negro, en el estado de Amazonas, un equipo de científicos en dos lanchas rápidas examina atentamente el cielo. Conocida como la isla Comaru, está sumergida, como todos los años en marzo, y sólo las copas de los árboles asoman por encima de la superficie.
Un grupo de golondrinas azules pasa zumbando, cortando el aire pesado y húmedo de la región, y justo por encima de las lanchas rápidas y la isla, una bandada de puntitos negros empieza a reunirse, formando nubes de pájaros.
Entonces configuran un torbellino sincronizado. Unos minutos más tarde, sin embargo, caen como una granizada negra, incrustándose en los árboles, mientras su sonido se intensifica y ocupa toda la primera hora de la tarde.