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Por qué Israel teme más un acercamiento que un conflicto EEUU-Irán

Las mismas políticas concebidas para garantizar la supervivencia de Israel pueden estar ahora socavando su futuro

Por qué Israel teme más un acercamiento que un conflicto EEUU-Irán
El primer ministro israelí Benjamín Netanyahu anuncia su intención de ser candidato en las elecciones de este año | Ronen Zvulun/Pool /AFP via Getty Images
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El memorándum de entendimiento que firmaron el 17 de junio EEUU e Irán sigue casi intacto a pesar de reiterados ataques entre las partes. La decisión de Omán de desbloquear 6.000 millones de dólares en activos iraníes congelados ayuda a aliviar las tensiones, pero también es un recordatorio de que el control de la navegación en el estrecho de Ormuz es solo uno de los problemas que se avecinan.

Otro es la espinosa cuestión de las guerras subsidiarias, en especial el conflicto entre Israel y la milicia libanesa Hezbolá. Las conversaciones intermitentes entre Israel y el gobierno del Líbano pueden llevar a creer que existen negociaciones para ponerle fin, pero eso simplemente no es así. Beirut no controla a Hezbolá, que actúa como un Estado dentro de otro Estado y no se considera obligado por las conversaciones y acuerdos entre EEUU e Irán, una postura que comparte con Israel.

Este es un asunto fundamental para Israel. El primer ministro Benjamín Netanyahu y su entorno consideran que el comportamiento del presidente de EEUU, Donald Trump, es poco menos que una traición. Preferirían que todo el proceso de paz se viniera abajo, mientras intentan convencer a los votantes de que solo el actual primer ministro puede garantizar la seguridad de los judíos israelíes.

Para comprender este punto hay que mirar más allá de la diplomacia actual, y analizar la doctrina de seguridad que configuró la política israelí desde 1948. Esta doctrina se funda en el deseo de mantener la seguridad del Estado por cualquier medio que se considere necesario, ya sea el uso de la fuerza extrema, la guerra irregular, el asesinato o la ocupación a corto y largo plazo.

Estos métodos violentos causaron gran número de muertos, heridos y detenciones arbitrarias entre la población civil palestina, y han arrastrado lenta pero inexorablemente a Israel a una trampa de inseguridad de fabricación propia.

Tomemos como ejemplo el desastroso conflicto actual en Gaza. Dentro de tres meses se cumplirá el tercer aniversario del ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 contra el sur de Israel, en el que murieron 1.195 personas. La conmoción por lo ocurrido destrozó la presunción de control que la mayoría de los israelíes tenían, pero pocos fueron capaces de ver el contexto más amplio.

Con un poco de distancia, algunos analistas señalaron que los ataques de Hamás se produjeron luego de más de 15 años de control riguroso ejercido por las Fuerzas de Defensa de Israel sobre los dos millones de palestinos de Gaza, que incluyeron cuatro conflictos que dejaron al menos 5.000 palestinos muertos y miles más heridos, muchos de ellos mutilados de por vida.

Aunque esos conflictos pueden haber llevado a una percepción de seguridad en Israel, hicieron en cierto sentido que la respuesta israelí al ataque del 7 de octubre fuera aún más violenta. Muchos en Israel llegaron a la conclusión de que, si incluso ese tremendo grado de control podía fallar, se necesitaba una fuerza mucho mayor. A los palestinos de Gaza se los tildó de “animales humanos” contra los que cualquier grado de violencia era legítimo.

Desde entonces, millones de personas en todo el mundo han llegado a la conclusión de que las acciones de Israel en los últimos tres años – que causaron la muerte de decenas de miles en Gaza, en la Cisjordania ocupada, en Jerusalén oriental y en el Líbano – son espantosamente excesivas.

En realidad, no son más que la continuación de una doctrina israelí de seguridad que tiene 80 años y que hunde raíces en el exterminio de seis millones de judíos en el Holocausto. Puesto que Israel compite por el derecho a una tierra que solo puede conseguir negando ese mismo derecho a los palestinos, se encuentra en una situación de inseguridad fundamental y debe ser, por consiguiente, “inexpugnable en su inseguridad”.

Entre fines de la década de 1940 y principios de la de 1950, el nuevo Estado de Israel consolidó rápidamente su control sobre los territorios asignados por el plan de partición de la ONU y los territorios adicionales que ganó en la guerra de independencia. Para los palestinos, esto supuso la Nakba, la “catástrofe”, en la que al menos 700.000 personas se vieron obligadas a huir de sus hogares.

En 1956, Israel se sentía lo suficientemente seguro del apoyo del Reino Unido y Francia como para participar en la crisis del canal de Suez. Aunque aquello resultó desastroso para el Reino Unido y Francia, Israel salió reforzado. Una década más tarde, libró la Guerra de los Seis Días contra los estados árabes vecinos para hacerse con el control de Cisjordania, los Altos del Golán, Gaza y toda Jerusalén, al tiempo que desplazaba aún más a los palestinos. Muchos miles de personas que vivían en campos de refugiados en el valle del Jordán se vieron obligadas a huir una vez más, la mayor parte hacia el este, a Jordania.

En los últimos 60 años, Israel ha librado más guerras, grandes y pequeñas, y ha reprimido revueltas internas en dos intifadas, todo ello en busca de una paz que nunca llega, pero aún con el recuerdo del Holocausto.

El país mantiene un grupo de presión enérgico y bien financiado en EEUU y se esfuerza por sostener su posición en el Reino Unido, de modo que se pueda argumentar que cualquier oposición al Israel actual y al gobierno de Netanyahu es antisemita.

Sin embargo, a ambos lados del Atlántico se está gestando un desastre para Israel: el apoyo público se está desmoronando. Algunas encuestas estadounidenses muestran ahora más apoyo a los palestinos que a los israelíes, y en el Reino Unido el respaldo que el ex primer ministro Keir Starmer prestó a Israel fue uno de los factores que propiciaron su caída.

En Israel, muchos judíos israelíes rechazan enérgicamente gran parte de la política de Netanyahu, pero quieren que el problema palestino desaparezca como sea. Hay algunas excepciones, entre ellas un pequeño movimiento por la paz y algunos grupos de derechos humanos decididos. Muy recientemente, el ex primer ministro Ehud Barak ha criticado con dureza la violencia de los colonos judíos en la Cisjordania ocupada.

Pero nada de esto ha producido hasta ahora un vuelco en la opinión pública nacional. Sin embargo, esto podría cambiar a medida que la comunidad internacional considere cada vez más a Israel como un Estado paria. Con el tiempo – posiblemente en los próximos meses – es probable que se materialice una verdadera campaña de sanciones económicas, boicots y aislamiento internacional que Israel ya no pueda ignorar.

Este podría terminar siendo, paradójicamente, el mayor logro de Netanyahu.

Paul Rogers

Paul Rogers

Paul Rogers is Emeritus Professor of Peace Studies in the Department of Peace Studies and International Relations at Bradford University, and an Honorary Fellow at the Joint Service Command and Staff College. He is openDemocracy’s international security correspondent. He is on Twitter at: @ProfPRogers.

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