La perdurabilidad de un movimiento social no pasa tanto por su capacidad operativa, organizativa o auto-reproductiva como por su capacidad de ir mutando acompañando a los tiempos. En ese sentido, el movimiento 15-M, surgido de la declaración de intenciones reflejada en el manifiesto Democracia Real Ya, que llevó a cabo un ciclo de movilizaciones con pocos precedentes en España durante el año 2011, se plantea como caso paradigmático.
El 15-M, surgió como fruto del hartazgo popular con un sistema político que vivía completamente de espaldas a los problemas socio-económicos de la mayoría social y a sus demandas. La toma de las plazas de las ciudades de toda España supuso el principio de este movimiento social que, a posteriori, vivió diversas mutaciones. Consideradas mutaciones no por estar planificadas desde aquellas asambleas que se vivían en calles y plazas, sino por encajar precisamente con todo el repertorio que emanaba de aquellos encuentros.
La proliferación de los llamados centros sociales, de editoriales críticas o la apertura de centros de cultura alternativa fueron las primeras fases de lo que luego cristalizaría en movimientos de desobediencia a los miles de desahucios que casi diariamente se producen por todo el territorio. Aún siendo una concepción netamente liberal la separación de lo social y lo político, lo cierto es que todo este movimiento, toda esta nueva cultura política, no se había traducido aún en una opción que buscara influir sobre el sistema institucional y/o de partidos más de allá de la presión directa sobre quien lo ocupaba.