
Mauricio Macri, Presidente de Argentina, junto a Michel Temer, presidente de Brasil, durante una conferencia de prensa en Buenos Aires. en octubre 2016, en los inicios de sus respectivos mandatos. AP Photo/Natacha Pisarenko. Todos los derechos reservados.Desde que asumió la presidencia el 10 de diciembre de 2015, Mauricio Macri ha modificado radicalmente los ejes de la política económica argentina. En apenas cuatro meses, la flamante administración impuso la liberalización del mercado cambiario (levantando por completo el limite a la compra mensual de dólares), una fuerte desregulación del sector financiero (fin del límite del 10% a la tenencia de activos en dólares para los bancos privados), un viraje monetarista del Banco Central (que volvió a manejarse, de facto, como entidad autónoma cuyo único objetivo es la estabilidad de los precios, mediante metas anuales de inflación) y el pago, extremadamente oneroso, a los fondos buitre, condición necesaria para volver a endeudarse en los mercados financieros internacionales.
El objetivo declarado del gobierno era obtener una “lluvia de inversiones” directas del extranjero, impulsada por el renovado clima de confianza empresarial. Sin embargo, las reformas implementadas se han revelado un rotundo fracaso desde este particular punto de vista: no solo las inversiones del extranjero no han llegado, sino que la inversión doméstica se ha desplomado por la fuerte recesión económica de 2016 y la sucesiva caída del sector industrial, acelerada por la crisis de Brasil (principal socio económico de Argentina).
Semejante fracaso era ampliamente previsible leyendo cualquiera de los grandes medios económicos internacionales (Wall Street Journal, The Economist, Financial Times, etc.) que en los últimos meses de 2015 vaticinaban repetidamente una abrupta caída de las inversiones extranjeras en los mercados emergentes, en particular de América Latina, para 2016.