Vemos cómo nuestros bosques se convierten en grandes charcas de barro. Vemos cómo las fuentes de nuestros ríos van sedimentando y cómo sus cursos se van desviando. Vemos cómo desaparecen las sombras de los árboles, cómo disminuyen los frutos que recolectamos, y cómo el agua cristalina del río Tapajós, de los igarapés y de los manantiales, se vuelve cada día más turbia. Vemos, en fin, cómo el humo de los incendios oscurece nuestro atardecer.
Todo esto ocurre en la Tierra Indígena Munduruku, a la que pertenezco. Aquí nací y crecí, en la parte alta del río Tapajós, en el municipio de Jacareacanga, estado de Pará, Brasil. Y aquí, en los últimos meses, vemos con alarma un importante incremento en la invasión de nuestro territorio por mineros ilegales al mismo tiempo que un alto número de casos de Covid 19 confirmados en Jacareacanga golpea nuestras comunidades, y la actividad de extracción ilegal no cesa. Al contrario: la deforestación y la contaminación en nuestra región aumentan.
Preocupación enorme
Con la pandemia a toda marcha, y sin ningún plan de emergencia para las aldeas indígenas, hemos visto cómo han muerto demasiadas lideranzas históricas. Ellas son, para los Munduruku, las grandes bibliotecas vivas de nuestra cultura. Y ahora han desaparecido. ¡Tenemos que actuar!