Por primera vez en la historia, una mujer latinoamericana encabeza la carrera para ocupar la Secretaría General de las Naciones Unidas. Tras más de ocho décadas de liderazgo exclusivamente masculino, cobra fuerza el impulso para romper el techo de cristal en el organismo internacional creado para librar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra.
Sin embargo, salir del festejo superficial de la representación obliga a afrontar una paradoja evidente: llegar al cargo más alto de la diplomacia global corre el riesgo de heredar un cascarón vacío, atrapado en un multilateralismo en caída libre y sin margen real frente al veto de las grandes potencias.
La próxima persona al frente de la secretaría general presidirá una ONU fragmentada y sumida en una de sus pruebas más difíciles. Rusia y Estados Unidos, que como miembros permanentes del Consejo de Seguridad deberían velar por el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales, vulneran de forma abierta la prohibición de agresión recogida en la Carta fundacional y torpedean la labor de la justicia penal internacional.
Mientras tanto, las grandes potencias continúan utilizando su derecho de veto como escudo para la impunidad en conflictos devastadores. Y, al mismo tiempo, la organización arrastra una asfixia presupuestaria sin precedentes ante un retroceso global de libertades civiles, derechos humanos y compromisos climáticos que no admite más dilaciones.
En este contexto de parálisis, la ONU no necesita una burócrata plegada a los designios de los Estados, sino una figura capaz de romper moldes. Quien asuma la secretaría general debe buscar su legitimidad en la representación de las necesidades y anhelos de más de 8.000 millones de personas en todo el mundo, aplicando los principios del liderazgo feminista: escucha activa, valentía, búsqueda de consensos y empatía con las víctimas de los abusos. Como recordó en 1960 el entonces secretario general de la ONU, Dag Hammarskjöld, ante la Asamblea General – cuando el líder de la Unión Soviética, Nikita Jrushchov, exigió su renuncia –, no son las grandes potencias las que necesitan la protección de la ONU, “sino todos los demás”. Décadas después, en 2004, Kofi Annan demostró esa misma independencia al calificar de ilegal la invasión estadounidense de Irak en una abierta desautorización a Washington.
Para blindar esa valentía frente al chantaje de los países más poderosos, resulta imprescindible plantear dos reformas operativas inmediatas que nuestra alianza global recoge directamente del debate con miles de organizaciones de base.
En primer lugar, la próxima secretaria general debe comprometerse formalmente a ejercer un único mandato voluntario. Esta decisión permitiría liquidar de entrada la cautela excesiva ante las potencias durante el primer periodo de gestión y disipar la tentación de moderar posturas con el afán de asegurarse la reelección.
Los miembros permanentes del Consejo de Seguridad ya han demostrado que utilizan su derecho de veto para bloquear las renovaciones de quienes no se someten a sus intereses: en 1996, Butros Butros-Ghali se quedó sin un segundo mandato por el veto explícito de Estados Unidos. Renunciar a la reelección es la única garantía para actuar sin miedo a represalias diplomáticas.
En segundo lugar, la nueva dirección debe reconectar el organismo con la realidad de las calles nombrando, en sus primeros 100 días, a una persona como enviada especial para la sociedad civil. Hoy el espacio cívico está cercado: solo 75 de los 193 Estados miembros, que representan apenas el 7% de la población mundial, respetan las libertades de asociación, expresión y manifestación pacífica. Esta enviada especial no puede ser un gesto decorativo; debe tener el mandato expreso de meter en las salas de decisión a los movimientos que hoy enfrentan la represión en el Sur Global, visibilizar las represalias contra los activistas que colaboran con la organización y denunciar el veto injustificado de ciertos gobiernos a las ONG que intentan participar en los trabajos del organismo.
Desde su fundación en 1945 sobre las ruinas de la guerra, los pueblos oprimidos han visto en la ONU la conciencia moral del mundo.
En la segunda mitad del siglo XX, a través de líderes como U Thant, la organización abanderó las aspiraciones de autodeterminación y dignidad de las poblaciones discriminadas y colonizadas. Durante la crisis de los misiles de Cuba, a comienzos de los años 60, el propio U Thant mantuvo abiertos los canales diplomáticos con Estados Unidos y la Unión Soviética, propuso una tregua que alejó al mundo del abismo nuclear y convenció al líder cubano Fidel Castro para frenar la escalada.
Del mismo modo, Hammarskjöld ideó las operaciones de mantenimiento de la paz (los cascos azules) durante la crisis del canal de Suez en 1956, yendo más allá de lo previsto en la Carta, y Annan transformó las dolorosas lecciones de Ruanda y Srebrenica en el principio de la responsabilidad de proteger.
Quien aspire a ser la primera mujer al frente de las Naciones Unidas no puede limitarse a administrar una diplomacia de contención. Su liderazgo debe ser audaz, imaginativo y sin miedo al fracaso, dando voz prioritaria a la juventud y a los sectores históricamente excluidos.
Para recuperar la legitimidad perdida y situar de nuevo a “Nosotros, los pueblos” en el centro del sistema internacional, la próxima secretaría general necesitará determinación ética y la audacia necesaria para desafiar las ataduras del Consejo de Seguridad.
Mandeep S. Tiwana es secretario general de la alianza de la sociedad civil CIVICUS y ejerce como representante de la organización ante la sede de la ONU en Nueva York.