Cada año desde 2023, debemos reflexionar sobre el 7 de octubre.
Los defensores de Israel dicen a cualquiera que intente comprender el verdadero horror de sus acciones en Oriente Medio que todo es increíblemente complicado.
Que lo que parece genocidio en Gaza, colonización y represión en Palestina, y guerra y ocupación ilegal en el Líbano, es en realidad una respuesta legítima que solo puede entenderse con un conocimiento cabal de cada resolución de la ONU, cada sección y subsección de cada acuerdo firmado, y cada matiz de quién tiene derecho sobre cada grano de arena en esa tierra empapada de sangre.
Por lo tanto, quienes decidan hablar sobre Israel deben medir cada palabra con mucho cuidado y comenzar cualquier conversación sobre Palestina y el pueblo palestino invocando el sufrimiento del pueblo israelí, reconociendo el derecho del Estado de Israel a existir y rechazando cualquier forma de protesta que vaya más allá de firmar peticiones en línea (o ni siquiera). Solo así se pueden comprender las consecuencias de la política de cerco, brutalidad y apartheid que el Estado israelí ha mantenido durante décadas.
Cuando se hace todo eso, uno termina lidiando con lo que el periodista estadounidense Ta-Nehisi Coates definió como "elevar la complejidad fáctica por encima de la moralidad evidente".
“Esta priorización de la complejidad sobre la justicia forma parte integral del esfuerzo por forjar una historia de Palestina contada únicamente por el colonizador”, escribió Coates en su libro El Mensaje. “Un esfuerzo que se extiende a la prohibición de boicots por parte de estados estadounidenses, la revocación de artículos por parte de revistas, la expulsión de estudiantes de universidades, el despido de presentadores de noticias por cadenas temerosas, hasta el asesinato de periodistas por francotiradores del ejército y los atentados con coche bomba contra novelistas por parte de agencias de inteligencia”.
Comencemos reconociendo que nadie, y mucho menos quien escribe, justifica el asesinato de civiles, ya sean palestinos, libaneses, iraníes, yemeníes o israelíes. Reconozcamos la auténtica tragedia de la muerte de aproximadamente 1.200 israelíes y el trauma de quienes fueron tomados como rehenes por Hamás, 251 personas, de las cuales solo 165 regresaron con vida.
Pero reconozcamos también que un genocidio no es una respuesta legítima a un ataque de terroristas armados. Que el genocidio no es una respuesta legítima a nada. Que lo ocurrido en Gaza es genocidio, como lo ha determinado la ONU, y que no hay excusa para las acciones del Estado israelí desde el 7 de octubre de 2023.
En los últimos tres años, las fuerzas israelíes han matado a más de 74.000 civiles. Pero es probable que esta cifra sea inferior a la real; el Ministerio de Salud palestino solo contabiliza las muertes en hospitales u oficialmente registradas, excluyendo a miles que siguen desaparecidos, muchos de ellos sepultados bajo los escombros. Informes de la ONU sugieren que las fuerzas israelíes han atacado deliberadamente a la infancia de Gaza, matando al menos a 20.000 niñas y niños. Casi 50.000 mujeres y niñas han resultado heridas o muertas por las fuerzas israelíes en Gaza desde el 7 de octubre de 2023, según ONU Mujeres. Casi todas las mujeres y niñas de Gaza han sido desplazadas por el incesante bombardeo, según el mismo informe. Detengámonos aquí: casi todas las mujeres y niñas de Gaza han sido desplazadas.
Otro informe, esta vez de UNICEF USA, estima que casi 64.000 niños resultaron heridos o muertos hasta octubre de 2025, un año atrás. En junio de este año, una comisión independiente de la ONU concluyó que Israel continúa cometiendo genocidio en Palestina a pesar del anuncio de un supuesto alto el fuego en octubre del año pasado. Desde entonces, Israel ha asesinado al menos a 1.000 personas en Palestina, incluyendo niños.
Así describe un comisionado de la ONU una de estas muertes, en la que las fuerzas israelíes asesinaron a un adolesciente palestino de 14 años cuando salía de su casa. “Recibió un disparo, resultó gravemente herido y yacía en el suelo”, declaró Chris Sidoti en una rueda de prensa en Ginebra. “Estuvo rodeado de un grupo de soldados israelíes que charlaron y probablemente algunos fumaron durante 45 minutos, mientras este niño de 14 años se desangraba hasta morir”.
El comisionado de la ONU no describe el caso de un niño atrapado en fuego cruzado; describe a un niño que se desangra en presencia de soldados israelíes. Esto no es complicado, es simple.
Cabe destacar que muchas de estas estadísticas se centran en las mujeres, las niñas y los niños palestinos asesinados por israelíes. “Miren”, parecen decir estas cifras escalofriantes, “se trata claramente de civiles inocentes. Sin duda, todos podemos estar de acuerdo en que los ejércitos no deberían atacar a los niños”.
Pero incluso estas estadísticas parecen insuficientes ante gobiernos, periodistas y comentaristas que insisten en que realmente no se conoce la verdad sobre lo que Israel ha hecho y sigue haciendo en Gaza y en Cisjordania..
La reiteración bienintencionada de estas estadísticas, incluso en esta columna, implica que todos los hombres palestinos, por definición, son presuntos terroristas. Me di cuenta de esto al leer Víctimas perfectas, un libro del escritor y poeta palestino Mohammed El-Kurd, como parte de la lectura para esta columna.
“Durante demasiado tiempo, los palestinos han sido reducidos a ‘mujeres y niños’. Esto implica, en parte, privar a las mujeres y los niños de su capacidad de acción y de sus contribuciones políticas o revolucionarias”, escribe El-Kurd. “Otra implicación es la demonización aún mayor de los hombres palestinos como seres que merecen la muerte e indignos de duelo, exiliados del abrazo de sus seres queridos”.
Gaza y la izquierda
Desde hace algunos años, quienes se autodenominan – y hablan en nombre de – lo que generalmente se describe como “la izquierda” se lamentan de la falta de dinamismo en sus filas, en comparación con el auge de la derecha. Se ha vuelto común hablar de cómo la izquierda ha olvidado cómo organizarse y de cómo los activistas hiperconectados y excesivamente progresistas han perdido el contacto con sus comunidades.
Sin embargo, cualquiera que siga de cerca el fervor popular que recorre el mundo en apoyo a Palestina sabe que esto es un disparate. El año pasado, una red global de activistas logró organizar la Flotilla Sumud, de más de 40 embarcaciones que transportaban suministros médicos vitales y más de 500 participantes de al menos 44 países, que intentó navegar desde Europa y África hasta Gaza. Las embarcaciones fueron interceptadas, y los gobiernos europeos se quedaron de brazos cruzados mientras sus propios ciudadanos eran atacados por drones israelíes.
En la izquierda abunda la energía, pero sí hay una enorme falta de entusiasmo por las agendas centristas, obsoletas, vagamente progresistas y, en su mayoría, poco inspiradoras, que proponen muchos líderes de izquierda. Como informó openDemocracy el mes pasado, personas de todo el mundo siguen movilizadas por Palestina, incluso ante la brutal represión de gobiernos que temen molestar a Estados Unidos.
Resulta revelador que, en el Reino Unido, cuando el Partido Verde (un raro ejemplo de partido político en el que los militantes de base pueden presentar mociones) presentó esta semana una moción para calificar al sionismo de racismo, esta fuera aprobada, para gran disgusto de la dirección del partido. La prensa liberal criticó duramente a la dirección por no controlar a sus integrantes más rebeldes. Al igual que los miembros del Partido Verde, podemos debatir si el sionismo es racismo, pero la brecha entre la dirección y las bases resume a la perfección el estado actual de la política progresista.
Las encuestas revelan que las posturas sobre Israel que los medios de comunicación dominantes, incluida la prensa liberal, describen como extremas son, en realidad, bastante habituales. Una encuesta del Washington Post de 2025 realizada entre judíos estadounidenses reveló que el 61% creía que Israel había cometido crímenes de guerra en Gaza, mientras que el 40% consideraba que Israel había cometido un genocidio. Casi la mitad de los judíos estadounidenses menores de 35 años creen que el conflicto israelí debería resolverse mediante la creación de un único Estado binacional – una versión de la solución de un solo Estado por la que miembros del Partido Verde británicos han sido duramente criticados.
Estados contra pueblos
Como ciudadano de la India, un país gobernado por un régimen que ejerce sistemáticamente una violencia extrema contra sus propios ciudadanos, no me hago ilusiones de que el genocidio en Gaza ponga en entredicho las divisiones entre colonizadores y antiguos colonizados; entre el Sur Global y el Norte Global.
El partido gobernante de la India no experimenta ninguna disonancia cognitiva al venerar a Hitler mientras compra armamento israelí para sofocar la rebelión interna y espiar a los disidentes. A principios de este año, el primer ministro indio, Narendra Modi, visitó Israel, donde recibió la primera Medalla del Knesset, un premio aparentemente inventado. “Eres un gran amigo de Israel. Eres más que un amigo. Eres un hermano”, le dijo Benjamín Netanyahu.
Si bien es cierto que algunos países, sobre todo Sudáfrica, han recurrido a su experiencia compartida del apartheid para solidarizarse con el pueblo palestino, ya no basta con utilizar la terminología y la teoría política del siglo XX para dar sentido al mundo que Gaza ha dejado al descubierto. No hay vuelta atrás posible, ni retirada hacia fronteras cómodas. En un mundo en el que los Estados-nación están completamente desvinculados de las aspiraciones de sus ciudadanos y de las normas del derecho internacional, nosotros, el pueblo, debemos unirnos y trazar el camino hacia el futuro en flotillas y caravanas de esperanza y solidaridad.