La segunda vuelta presidencial de Brasil, que se celebrará el 25 de octubre, se perfila muy cuesta arriba para el presidente Luiz Inácio Lula da Silva.
Las cartas parecen jugar a favor de su contrincante Flávio Bolsonaro, el mayor y en apariencia el menos duro de los hijos del expresidente Jair Bolsonaro, si bien las últimas encuestas indican un “empate técnico” con una leve ventaja para Bolsonaro.
La primera disputa entre un cuarto mandato de Lula y la elección de Flávio se saldó el 4 de octubre con victoria de este último en primera vuelta por menos de dos puntos (el 47% frente al 45,1%), alentada por la voluntad de una parte de los votantes de acabar con el gobierno de Lula y la hegemonía de su Partido de los Trabajadores (PT).
El resultado dependerá, al final, de una moneda lanzada al aire, pero desde 1989, el candidato que gana la primera vuelta siempre gana la segunda. Lula necesitaría entre dos y tres millones de votos más, mientras que Flávio no debería recoger buena parte de los votos de los partidos conservadores minoritarios que ya se han manifestado a favor de él en segunda vuelta.
Lo que sí se decidió el día 4 fue la composición del Congreso, donde los partidos de derecha y centroderecha ganaron más de tres cuartos de la Cámara de Representantes (303 diputados de derecha y 86 de centro-derecha frente a 124 de izquierda).
El resultado en el Senado, que renovaba 54 de sus 81 senadores, fue devastador, con 38 senadores de derecha y solo cinco de izquierda, mientras que en las elecciones a gobernadores, de los 27 en disputa 18 fueron a la derecha, tres al centro y solo seis para la izquierda.
Con esta fuerte derechización, a Lula le resultaría prácticamente imposible asegurar la gobernabilidad. Pero no sería así para Bolsonaro, que podría aprobar leyes con toda facilidad.
Brasil procede de una tradición de parlamento hiperfragmentado que fomenta una corrupción generalizada que afecta a todos los partidos, pero estas elecciones han confirmado la tendencia a que los partidos pequeños pierdan posiciones ante los más grandes.
Estos resultados de la derecha son espectaculares y difieren de los previstos por las encuestas, que daban ventaja a Lula por una media de 7-8 puntos en agosto, que se fue reduciendo hasta 2-3 puntos a finales de septiembre.
Se pensó que las elecciones se verían fuertemente condicionadas por la crisis del Banco Master, un escándalo que proyecta una enorme sombra sobre todo el sistema político.
El escándalo se origina en las actividades fraudulentas de Daniel Vorcaro, principal accionista del Banco Master, detenido cuando intentaba huir del país tras la quiebra del banco; la entidad fue liquidada por practicar el fraude, con una pérdida sin precedentes estimada en 9.500 millones de dólares.
Posteriormente Vorcaro fue acusado de múltiples delitos, desde fraude bancario hasta corrupción generalizada, soborno y blanqueo de capitales. Nuevas investigaciones revelaron un entramado integral de corrupción y sobornos que implicaba a políticos y funcionarios de alto rango de ambos lados del espectro, llegando incluso hasta el Poder Judicial.
El fallido pronóstico de las encuestas sobrevaloró el peso del escándalo, en el que está implicado también Flávio Bolsonaro, y su victoria por casi dos puntos sorprendió porque al parecer no pesaron las enormes críticas y el fuerte rechazo que suscitó el mandato de su padre (2019-2023), que terminó en un violento intento de golpe de Estado el 8 de enero de 2023.
Tras un juicio, considerado por muchos como injusto y vengativo a pesar de las abrumadoras evidencias, el expresidente fue detenido y encarcelado con una condena a 27 años de prisión dictada en septiembre de 2025. Su hijo mayor, una mala imitación de su padre aunque que se le parece, fue finalmente designado candidato, en consonancia con la larga tradición brasileña de dinastías que se transmiten el poder, popularmente conocida como Bancada da Família.
Flávio, el moderado
Flávio lleva muchos años como senador por Río de Janeiro y es un político de bambalinas, conocido como alguien que habla con los medios y que está más abierto que su padre a los influyentes partidos de centroderecha. Ha logrado perfilarse como una persona seria, moderada y competente, supuestamente versada en economía.
Ostenta un MBA por la prestigiosa Fundación Getulio Vargas y es percibido como el “diplomático” de la familia, en marcado contraste con sus hermanos Carlos y Eduardo, discípulos del difunto e influyente gurú de la extrema derecha Olavo de Carvalho.
Carlos es el segundo en la dinastía y fue elegido senador por Santa Catarina. Eduardo, el tercero, es un exdiputado que huyó a Estados Unidos para cabildear en favor de sanciones contra el gobierno de Lula y contra el poder judicial que juzgó a su padre. Se especula que Eduardo, sobre el que pende una orden de captura y una condena de cuatro años por obstrucción a la justicia, será el futuro ministro de Asuntos Exteriores. Abogado y ex policía federal apadrinado por el estratega de la ultraderecha estadounidense Steve Bannon, tiene el perfil más radical y fiel a las consignas de su padre, y está muy próximo a la actual administración de Donald Trump.


Pero, aunque ahora se le perciba como moderado, Flávio es también muy radical en esencia, con vínculos dudosos con la policía y con algunas milicias – paramilitares o parapoliciales que operan como organizaciones dedicadas a la extorsión –, entre ellas el Escritório do Crime, un poderoso grupo paramilitar de elite y de sicarios con sede en Río de Janeiro.
Perfilarse como político moderado resultó una estrategia exitosa a la hora de ampliar su alcance más allá de los fieles votantes heredados de Jair Bolsonaro, captando a votantes más centristas de Lula, conservadores y favorables al cambio ante la nula renovación en las filas del PT.
En el contexto de fuerte polarización y un colapso generalizado de la centroderecha en las democracias occidentales, la moderación de Flávio ayudó a aglutinar a todas esas fuerzas de la derecha y centroderecha, muchas de las cuales habían apoyado a Lula en la segunda vuelta de 2022, ante el comportamiento temerario y peligroso de Jair Bolsonaro, marcado por su mala gestión de la pandemia de COVID, el devastador incremento de la deforestación de la Amazonía, y su liderazgo de un violento intento de golpe de Estado con respaldo militar cuando perdió la reelección frente a Lula.
Todo aquello parece haber sido olvidado o perdonado por una parte sustancial del electorado, a pesar de que Flávio también está implicado en el escándalo del Banco Master, por presuntamente haber canalizado una cantidad considerable de dinero (hasta 12 millones de dólares) a financiar la película Dark Horse, una biografía de su padre, en un esquema de blanqueo de capitales, evasión fiscal y desvío de fondos públicos que plantea muchas dudas sobre el destino real de los fondos aportados por el banquero Vorcaro.
La campaña de Flávio también se centró en las acusaciones de lawfare en el juicio contra su padre por parte del magistrado del Supremo Tribunal Federal, Alexandre de Moraes, quien se convirtió en el rostro de quienes se opusieron al intento de golpe y lograron frustrarlo.
De Moraes se enfrenta ahora a acusaciones de haber aceptado dinero de Vorcaro y a preguntas sobre las relaciones entre el despacho de abogados de su esposa, Viviane Barci de Moraes, y el banquero, incluida la recepción de importes significativos (25,5 millones de dólares) por un contrato de servicios jurídicos con el Banco Master.
El interés de Flávio por atacar al Tribunal Supremo y a De Moraes en particular encaja con su motivación para llegar al poder e indultar a su padre o asegurarle una completa amnistía, lo que parece ahora al alcance de la mano gracias a su abrumadora mayoría en el Senado.
De resultar vencedor, Flávio podrá cambiar las actuales mayorías en el Tribunal Supremo y promover la destitución de dos de sus 11 miembros, André Mendonça y el propio De Moraes.
Los logros de Lula
Por el otro lado, el perfil de Lula es ampliamente conocido, y sus logros a lo largo de sus tres presidencias (2003-2007, 2007-2011 y la actual, que empezó en 2023) están asentados.
La expansión de los programas sociales, las exenciones fiscales para quienes ganan hasta 5.000 reales (940 dólares), que beneficiarán a 10 millones de brasileños, y mejoras en la educación, incluida la ampliación de la educación superior y la formación técnica, así como programas de inclusión y ayudas a los estudiantes, son algunos de sus avances.
Lula también consiguió un crecimiento sostenido del PIB, de entre 3% y 3,5% durante su tercer mandato y, aunque la deuda pública bruta ha aumentado considerablemente, se situó en 82,5% del PIB en el primer semestre de 2026.
Pero un déficit presupuestario de 8,5% y la inflación por encima del 4%, impulsada por el alza de los combustibles, son datos negativos que deja su presidencia.
A pesar de los logros de Lula, Bolsonaro hijo parece haber recogido una clara fatiga con el veterano presidente y una demanda de cambio en la sociedad brasileña.
De clan a dinastía
Como la esfera política a la izquierda no ha logrado alumbrar a un sucesor viable, ni mucho menos crear una dinastía, el vacío que se percibe tras él causa vértigo si se confirma, como parece probable, su derrota el 25 de octubre.
Ante esta incertidumbre, el clan Bolsonaro compite ofreciendo continuidad dinástica. Además de Flávio, Carlos y Eduardo, Jair Renan, el hijo menor entre los varones, de 28 años, también resultó elegido diputado federal por Santa Catarina. Y el hermano menor del expresidente, Renato Bolsonaro, consiguió un escaño en el Congreso.
Michelle Bolsonaro, la ex primera dama que era favorita para convertirse en candidata a la presidencia, cedió su lugar a Flávio tras una bronca considerable, asegurándose a cambio un papel destacado en dirigir el mensaje del partido a las votantes mujeres y sectores evangélicos, electorados clave en Brasil si se quiere ganar una elección.
Michelle, de 44 años y tercera esposa de Bolsonaro, resultó también elegida senadora por Brasilia, y queda en la reserva como potencial recambio del clan familiar para elecciones futuras.
Los Bolsonaro, y los sectores de ultraderecha que los apoyan, ofrecen también alineamiento ideológico con los demás países de la región al amparo de Estados Unidos.
El próximo 25 de octubre definirá lo que se viene para Brasil: o bien una agónica e ingobernable pero esperanzadora nueva presidencia de Lula, o bien una confortable sucesión dinástica de los Bolsonaro.
Una de las dos últimas grandes democracias latinoamericanas gobernadas por la izquierda (la otra es México) está al borde de ceder ante el influjo de la marea ultraconservadora patrocinada por la administración Trump.
Si Lula resiste, y se produce un cambio de poder en Estados Unidos como consecuencia de las próximas elecciones de mitad de mandato en noviembre, los progresistas podrían conservar un hilo de esperanza democrática de cara al futuro.

