¿Así es como empieza? ¿Con ira, con las exigencias de millones de personas que sienten que les fueron robados sus derechos de nacimiento, con aquellos que afirman: “nosotros construimos este país, nosotros peleamos sus guerras, ¿cuándo será nuestro turno?”? Donald Trump es, por donde se mire, un candidato horrible para convertirse en presidente del Estado más poderoso del planeta, un narcisista impulsivo, racista y sexista que miente con desenfreno y odia con fervor. Sus ayudantes ya ni siquiera confían en él para que maneje su propia cuenta de Twitter. Y ahora es el abanderado de una coalición social que cada vez resulta más familiar: iracundos hombres (y mujeres) blancos de clase obrera con una educación formal pobre y perspectivas de empleo más pobres aún, junto con conservadores blancos descontentos de clase media, muchos de ellos religiosos, que están furiosos porque perdieron la guerra cultural. Ya nos hemos encontrado antes con esta coalición: es un caldo de cultivo para el fascismo. Los liberales se tienen que avivar, y tienen que hacerlo rápido. ¿La Corte Penal Internacional (CPI), los derechos humanos globales y las normas internacionales? Solo son los actos secundarios. Ahora la batalla es algo mucho más presente y visceral. Es la batalla de la democracia, y en esa lucha, los derechos humanos están demasiado comprometidos por su asociación con una élite muy liberal —precisamente la élite a la que odia la coalición Putin/Trump/Brexit— como para convertirse en un estandarte principal de movilización.

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