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Brasil, el día después

Los amigos brasileños van a necesitarnos, y mucho, en los próximos años. Nosotros, y lo que queda de la sociedad civil global, debemos estar preparados para proporcionar refugio a los que sean atacados. English Português

Grafiti pintado en una pared de la universidad pública en Cahoeira, estado de Bahía, fotografiado en septiembre 2018. Imagen: Francesc Badia. Todos los derechos reservados.

Tenemos que prepararnos para el día después.

Brasil está sufriendo una ola de violencia verbal y simbólica insoportable y los discursos incendiarios del odio ya están dejando las primeras víctimas. La victoria de Bolsonaro, que parece inapelable, podría desatar un huracán, y obliga a prepararse para una doble acción.

Lo primero será protegerse y prevenir que los ataques verbales no se conviertan en acciones violentas al amparo de la euforia ganadora, que sitúa a los perdedores no como rivales ideológicos o políticos sino como enemigos a eliminar. Si esa protección no es posible, tenemos que estar preparados para proporcionar refugio a los perseguidos.

Lo primero será protegerse y prevenir que los ataques verbales no se conviertan en acciones violentas al amparo de la euforia ganadora.

Lo segundo será repensar las narrativas y estrategias de las fuerzas progresistas y cómo armar un plan de contingencia para minimizar los daños y luego recomponer el espacio político, pensar críticamente qué es lo que tanto ha fallado, y prepararse para plantar cara y dar la batalla, con opciones de ganarla en un urgente próximo futuro.

Un momento peligroso

Pero la protección ahora será la prioridad. Protegerse ante el peligro de que las declaraciones ultra-agresivas –que alguno podría tener la tentación de disculpar a tenor del fragor de la batalla electoral-, puedan servir de amparo a elementos exaltados para atacar todo aquello que ha sido demonizado por el discurso bolsonarista.

“Pondremos punto final a todos los activismos”, gritaba hace muy poco. Con esto amenaza a las comunidades LGTB, las afrodescendientes, las indígenas, las feministas, las medioambientalistas…  a todo aquello que les resulta odioso y huele a zurdo, a “petista”, a tolerante o a diverso. Los líderes sociales, los front-liners, son ahora los más vulnerables.

Tampoco las soflamas virulentas que vemos en las redes sociales son lo inocuas que parecerían, dada su condición “virtual”. Sabemos que, entre el universo online y el offline, hay una distancia, pero que en un ambiente de exaltación e impunidad, esa distancia se acorta peligrosamente.

Hace tiempo que se viene advirtiendo que la sobre-exposición del ámbito personal –identitario y social, pero también político- de los ciudadanos libres en sus cuentas de Facebook, Twitter o Instagram es una arma de doble filo.

No solo por la venta de esos datos con fines políticos espurios (véase el escándalo de Cambridge Analytica como punta de un iceberg enorme) sino acaso por su uso para detectar, identificar y eventualmente perseguir a elementos indeseados por un régimen autoritario.

En la era de las redes sociales, Ana Frank no hubiera sobrevivido ni dos días.

Las redes sociales ayudan ciertamente a compartir emociones, aficiones y juegos, a impulsar causas solidarias, o a sentirse parte de una comunidad, compartir ideas y movilizarse políticamente.

Pero con toda esa información en manos de un régimen autoritario, cuyo objetivo sea la represión o, directamente, la opresión, nadie se escapa. Es ya un tópico decir que, en la era de las redes sociales, Ana Frank no hubiera sobrevivido ni dos días.

Irresponsabilidad de la derecha

El ascenso fulgurante de una figura tan excéntrica como Bolsonaro era impensable hasta hace muy poco. Desde la derrota del candidato del centro y la derecha a la presidencia, Aécio Neves, por un margen estrechísimo en 2014, se produjo una reacción furibunda en las bancadas conservadoras. Éstas usaron su mayoría en ambas cámaras, junto a las altas esferas del poder económico y financiero y a sus amigos en el poder judicial, para lanzar un ataque demoledor a los vencedores.

Erigiendo al PT en el culpable de todos los males pusieron en peligro la democracia misma hasta tal punto que han acabado aupando a un fascista al poder. ¡Cuánta irresponsabilidad!

Los medios de comunicación, concentrados en muy pocas manos, y con el poderoso conglomerado de O’Globo al frente, asumieron una única consigna: había que acabar con el PT cuanto antes, al coste que fuere. Lo que quizás nadie calculó fue que, erigiendo al PT en el culpable de todos los males y atacando a Roussef hasta golpearla fuera de la presidencia, ponían en peligro la democracia misma hasta tal punto que, en vez de colocar a su candidato de centro derecha, Geraldo Alckmin, han acabado aupando a un fascista al poder. ¡Cuánta irresponsabilidad!

Pero el mal ya está hecho y la pregunta urgente ahora es: ¿hasta dónde alcanzará a reprimir y perseguir el régimen Bolsonaro? Mucho dependerá de la administración de la victoria que haga la derecha brasileña, incluidos los pentecostalistas, y de la capacidad que Bolsonaro tenga de moderar su demostrada afición a inflamar el debate con soflamas rayanas con el fascismo.

Una vez se vea investido por el poder presidencial, y pasada la euforia del primer momento, el peso de esa alta responsabilidad podría hacer aflorar sus instintos más bajos, pero también sus evidentes debilidades y su inexperiencia como gobernante, y obligarlo a moderar su discurso. La necesidad que tendrá de encontrar apoyos en la cámara de representantes, (su partido, el PSL, cuenta con sólo 52 de un total de 513 diputados) será clave.

En principio, Bolsonaro contaría con una heterogénea mayoría de unos 300 diputados pertenecientes a una docena de partidos de derecha y centro derecha, pero eso le obligará a continuos equilibrios. Los planes de privatización masiva, por ejemplo, podrían encontrar resistencia, sin hablar de las reformas constitucionales que propone, que necesitarían dos tercios de la cámara, algo muy improbable.

Esperarán la llegada de resultados económicos, que no deberían tardar si Bolsonaro quiere que los mercados, en su oportunismo sin matices y su típica impaciencia, le mantengan su apoyo en el tiempo.

También los soportes que tiene por parte del poder financiero, la mayoría de las grandes familias, los grandes medios de comunicación y los militares podrían exigirle que conserve las formas y que preserve, ni que sea en apariencia, la funcionalidad de las instituciones democráticas.

Esperarán la llegada de resultados económicos, que no deberían tardar si quiere que los mercados, en su oportunismo sin matices y su típica impaciencia, le mantengan su apoyo en el tiempo. Pero ni Jair Bolsonaro ni Paulo Guedes (su Chicago Boy para el ministerio de economía) tienen una bala de plata para relanzar la economía.

Además, se sabe que los mercados odian los estallidos de violencia en las calles, aborrecen los crímenes políticos y huyen de la inestabilidad política como de la peste.

Una gran fragilidad

Pero además, a la vista de la fragilidad institucional brasileña, todas las alarmas saltan. Ni Bolsonaro es Trump, ni Brasil los Estados Unidos. Donald Trump, con toda su prepotencia, excentricidad y desprecio por los demócratas, las mujeres, los negros, o los latinos inmigrantes, no puede hacer lo que le viene en gana: 242 años de orden constitucional lo contemplan.

Brasil, en cambio, solo tiene 30 años de constitucionalidad democrática, pactada tras la dictadura (1964-1985) que tanto admira Bolsonaro, aunque considere que fue demasiado blanda y no liquidó a los 30.000 activistas, lo que hubiera despejado el camino.

Brasil tiene un sistema de pesos y contrapesos aún demasiado débil y un sistema político tan fragmentado, que lo hace ineficiente y propenso a componendas y corruptelas de todo el mundo, por todas partes.

Brasil tiene un sistema de pesos y contrapesos aún demasiado débil y un sistema político tan fragmentado, que lo hace ineficiente y propenso a componendas y corruptelas de todo el mundo, por todas partes (véase la transversalidad de la corrupción descubierta por la operación Lava Jato).

Pero a esta fragilidad institucional se añaden importantes disfuncionalidades sociales. Los avances en los derechos son muy recientes y la protección de las minorías sólo relativamente incipiente. La reducción de la pobreza es también demasiado superficial, como lo es la educación universal y las garantías de acceso a la enseñanza superior, a pesar de la instauración de cuotas.

El bienestar de las nuevas clases medias es muy volátil, como lo ha demostrado la recesión última. Son unas clases medias criadas en el shopping mall, fuertemente endeudadas, que tienen miedo a recaer en la pobreza de la que tanto les costó salir.

La amenaza Bolsonaro al Amazonas es una amenaza a todo el planeta. 

La protección del medioambiente es también muy débil, a pesar de los esfuerzos por establecer demarcaciones indígenas y reservas de la biosfera, que se han visto constantemente amenazadas y violadas. También en este sentido, la amenaza Bolsonaro al Amazonas es una amenaza a todo el planeta. 

Una sociedad violenta

Además, detrás de todo esto, hay una sociedad muy violenta. Ésta debe ser nuestra gran preocupación ahora. A la violencia estructural sobre la que se construyó el Brasil, sobre un sistema de privilegios muy sólido y consolidado desde los tiempos de la colonia y el esclavismo, se le une una sociedad basada en la desigualdad y la explotación sin límites, el racismo, y una economía depredadora y neoextractivista, hambrienta por devorar hasta el último recurso. 

En un país tan violento y emocional como Brasil, es fácil pensar que la situación se vaya de las manos.

A esto se añade lo que podríamos llamar la banalización de la violencia que se incorpora como elemento en la vida cotidiana de millones de brasileños, y al que contribuye una policía militarizada hasta la exasperación y que goza de total impunidad. Las 63.880 muertes violentas computadas en 2017 dan cuenta de la brutalidad existente. Finalmente, el mapa de la violencia política en Brasil revela casos alarmantes por todo el país.

En un país tan violento y emocional como Brasil, es fácil pensar que la situación se vaya de las manos. Y si además, como pretende Bolsonaro, se libera la posesión de armas, la carnicería está servida. Si eso ocurre, nosotros, y lo que queda de la sociedad civil global, debemos estar preparados para proporcionar refugio a los que sean atacados.

Los amigos brasileños van a necesitarnos, y mucho, en los próximos años. Queda un rayo de esperanza. Coragem! Aquí nos tenéis.

A coragem é o que dá sentido à liberdade” (El coraje es lo que da sentido a la libertad) reza un grafiti en las paredes de la universidad pública de Cachoeira, en el estado de Bahía, a orillas del río Paraguaçú. Cuando hace poco más de un mes fotografié esa pared pintada, no pensaba que ese lema iba a resonar con tanta fuerza en vísperas de estas dramáticas elecciones.

Los amigos brasileños van a necesitarnos, y mucho, en los próximos años. Queda un rayo de esperanza. Coragem! Aquí nos tenéis. 

About the author

Francesc Badia i Dalmases is Founder, Director and Lead Editor of democraciaAbierta. Francesc is an international affairs expert, journalist and political analyst. His most recent book: "Order and disorder in the 21st century. Gobal governance in a world of anxieties". He Tweets @fbadiad 

Francesc Badia i Dalmases es Fundador, Director y Editor de democraciaAbierta. Periodista y analista político, es experto en asuntos internacionales. Su libro más reciente: "Orden y desorden en el siglo XXI. Gobernanza global en un mundo de ansiedades". Twitter @fbadiad


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