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10 claves para explicar el frenesí colombiano

"Hasta el extremo de que ya nadie podía saber a ciencia cierta dónde estaban los límites de la realidad” – Gabriel García Márquez, Cien años de soledad. Português English

Alejandro Matos
24 October 2016
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Manifestación por la paz en Bogotá, Colombia. 12 octubre 2016. AP Photo/Fernando Vergara. Todos los derechos reservados.

Explicarse a sí mismo es una tarea compleja e incompleta. Por eso la gente suele acudir al sicólogo, a amigos, educadores o religiosos para conseguirlo. Explicar a los de afuera lo sucedido en Colombia en las dos últimas semanas no lo es menos. Firmar el fin de una guerra civil de 52 años (26 de septiembre), que el acuerdo se someta a plebiscito y gane el No (2 de octubre) y que a continuación le sea concedido al presidente perdedor el premio Nobel de la Paz (7 de octubre) nos describen como una sociedad atrapada por el espíritu del frenesí y los demonios de la contradicción. Quizá lo más paradójico de entender desde el exterior sea el triunfo del No y este artículo busca dar algunas claves para entender qué pasó y qué sigue.  

Qué pasó.

  1. Como siempre ganó la abstención. Colombia es un país en el que, por diversas razones, nunca ha votado más del 50% del electorado. De promedio vota entre el 30 y 40% de los que tienen derecho a hacerlo. Esta vez el 63% por ciento no votó. Después de 52 años de guerra civil, una parte importante del país que observa la guerra como si ésta sucediese en algún país lejano, se quedó en casa a la espera de que las minorías decidiesen por ellos. Al fin y al cabo fue el 18% del total los que votaron No y los que van a decidir sobre la suerte del 82% restante. La indolencia es uno de los más peligrosos enemigos de la democracia porque da la oportunidad a una legión de los que Valentina Pazé denomina estúpidos[1] de tomar decisiones –en este caso no tomándolas- sobre los derechos fundamentales de la totalidad
  2. Además se produjo uno de esos conjuros mágicos de corte macondiano. La costa Caribe, donde el apoyo al SI era abrumador, sufrió el paso del huracán Matthew. En todos estos departamentos el SI ganó por más del 60% y en todos ellos la abstención se situó por encima del 75%. Sin huracán no estaríamos haciendo ninguno de estos análisis. En un plebiscito que se perdió por menos de medio punto porcentual, un puñado de votos en esa zona habría cambiado el resultado.
  3. Santos lleva seis años y medio ejerciendo la presidencia del país. Todo poder desgasta y la imagen de Santos está erosionada. El índice de aprobación de su gestión no pasa del 30%. Existía un alto riesgo de que una parte de los votantes del NO lo hiciese contra Santos, no contra los Acuerdos. Y el riesgo se cumplió. En el voto del NO se juntaron múltiples insatisfacciones. Los que no están dispuestos a hacer ninguna concesión a las Farc. Los evangélicos y católicos ultra que piensan que la familia y Colombia se van a acabar por la aprobación de los derechos de los homosexuales. Los que rechazan las políticas económicas y sociales del presidente Santos, así como su propensión a prometer y no cumplir. Los que añoran al ex presidente Uribe y sus políticas extremistas. La lista es interminable. Se produjeron numerosos pronunciamientos públicos de gremios y asociaciones que llamaban a votar NO si el gobierno no les cumplía en temas que no estaban recogidos en los Acuerdos. Es decir, el plebiscito fue usado para descargar toda clase de insatisfacciones, unas que tenían que ver con los Acuerdos y muchas otras que no. El voto del SI, en cambio, estaba centrado en los Acuerdos: una parte importante de votantes no apoya las políticas del presidente pero sí el contenido de lo negociado.  
  4. Las campañas oficiales del SI y del NO polarizaron y manipularon. Desde el gobierno predominó la soberbia, por un lado, pensando que el SÍ arrasaría y, por otro lado, situando a los que votarían NO como amigos de la guerra o enemigos de la paz. El presidente creó miedos absurdos e incómodos como cuando aseguró que si ganaba el NO al día siguiente las ciudades serían bombardeadas por las Farc. Desde la campaña liderada por Uribe se estudió y manipuló concienzudamente a la población. Como afirmó recientemente el gerente de dicha campaña, su estrategia consistió no en explicar sus argumentos contra los Acuerdos sino en alterar a la población para que fuese a votar irracionalmente cabreada.[2] Para ello a las clases medias y altas les dijeron que le iban a subir los impuestos para pagar a los guerrilleros, y a las clases bajas que les iban a quitar los subsidios para dárselos a los guerrilleros. En todo el país se profetizó que si ganaba el SI habría un gobierno castrochavista en Colombia aunque nadie explicaba qué clase de lógica sustentaba dicha profecía. Y es que el miedo no obedece a razones lógicas. Nada de eso estaba en los Acuerdos pero consiguieron que se votasen contra ellos. La compaña del NO de modo inteligente en los últimos 15 días hizo ver a sus seguidores que no votaban contra la paz sino contra los Acuerdos. Una muchedumbre de colombianos comenzó a afirmar que se había leído las 297 páginas de un texto jurídica y políticamente complejo, y que no estaba de acuerdo con múltiples puntos, aunque no acertase a concretar en cuáles y en qué. Este mensaje empoderó sicológicamente a muchos votantes que se sentían avergonzados de ser considerados como enemigos de la paz.
  5. La religión ha jugado un papel ambivalente y peligroso en un país profundamente religioso. Del lado de la iglesia católica, mientras el papa Francisco hacía desde Roma campaña permanente por el SI, hasta el punto de manifestar días antes del plebiscito que solo visitaría Colombia si ganaba el SI, la Conferencia Episcopal emitió un comunicado exhortando a los fieles a que votasen en conciencia…. demostrando una vomitiva tibieza apocalíptica contraria a los signos de los tiempos (Apocalipsis 3,16). Del lado de las iglesias evangélicas la mayoría se decantó directa y activamente por el NO, mezclando mandatos divinos y prejuicios morales –que atentan contra los derechos humanos– y que nada tenían que ver con los Acuerdos. Para éstos definitivamente en la Biblia estaba ya profetizado el carácter demoniaco de los Acuerdos y había que votar NO. Es lamentable pero real: los fieles creyeron a sus pastores y como ovejas irredentas y subalternas fueron a votar a las urnas.
  6. Los medios de comunicación, en su mayoría, fungieron de auténtico simulacro que ponía en riesgo el derecho a la información. Aunque muchos de ellos sostenían una línea editorial por el SI en realidad fueron permanentes voceros de las terribles mentiras del NO, sin ejercer su obligación de verificar las inculpaciones. No pocos políticos del NO se acostumbraron a lanzar las más graves acusaciones sin visos de veracidad contra el presidente, las Farc o los Acuerdos sin probarlas, y los medios se acostumbraron a reproducirlas acríticamente, como si existiese el derecho a manipular y mentir, y la obligación mediática de ejercer la vocería del mencionado derecho. No importaba la información sino el rating que se disparaba tras cada exabrupto. Quizá de las pocas periodistas que se comportó de modo ejemplar fue Yolanda Ruíz.[3] Ella se negó a emitir acusaciones infundadas de parte del NO recordando sin mucho éxito a la profesión que el periodismo tiene la obligación de salvaguardar la veracidad y el deber de no dar voz a la manipulación.

Qué sigue.

7. El triunfo del NO afortunadamente no supuso el fin de la negociación sino la continuación de la misma. En los primeros momentos si los partidarios del SI mostraron que no tenían plan B, los del NO evidenciaron que ni siquiera tenían plan A. Los primeros no se esperaban la derrota y los segundos no se imaginaban una victoria. Esto hizo que las horas posteriores a los resultados estuviesen atrapadas por un amenazante nivel de incertidumbre. Afortunadamente, tanto del lado del presidente, como de las Farc, como de Uribe los comunicados fueron tranquilizadores y mostraron una altura política acorde a la gravedad de la situación. A esto hay que añadir el consenso de todas las partes para que se conserve el alto el fuego bilateral, lo cual es una gran victoria. Para que este proceso siga adelante, además, es necesario que se mantenga y fortalezca el apoyo de la cúpula de las Fuerzas Armadas y de Estados Unidos. A día de hoy es más viable lo primero que lo segundo con el no deseado pero tampoco improbable  triunfo de Trump.

8. El camino a seguir no existe, hay que hacerlo y acordarlo pero ya no entre dos sino entre tres. Algunos de los posibles caminos serían los siguientes.

8.1.            Uno sería seguir adelante con los acuerdos y conseguir su validez jurídica a través del Congreso. Este camino es políticamente el más improbable y el más ilegítimo pues no solo desconocería el resultado del plebiscito sino que lo haría a través de la institución más detestada por la población, pues su índice de aprobación no llega al 8%.

8.2.            Otro consistiría en una renegociación de algunos puntos de los acuerdos que no llevase mucho tiempo. Esta sería el más deseable porque acogería la voluntad de los del SI y de los del NO, pues ambas posiciones ganarían y sentirían reconocidas la utilidad de su voto. Pero está por ver si las Farc están dispuestas a renegociar. Todo depende de lo que les propongan. También está por ver si del lado de Uribe quieren una negociación corta o que se alargue hasta las elecciones presidenciales del 2018. El hecho de que Uribe haya elegido a sus tres precandidatos presidenciales como sus tres negociadores ha dado una señal de alarma. Sería un grave error que los Acuerdos dependan de unas futuras elecciones e insufrible una campaña de 18 meses.

8.3.            Un tercer camino sería el de una Asamblea Nacional Constituyente, que era la propuesta de las Farc desde el inicio de las negociaciones y rechazada repetidas veces por el gobierno, pero que a día de hoy parece que será más tarde o más temprano la que va a ocurrir. Esta es una salida riesgosa pues si bien es verdad que los Acuerdos exigían decenas de reformas constitucionales, no lo es menos que la actual Constitución colombiana posee unas garantías que probablemente no serían superadas en una nueva constituyente. Al contrario, la polarización de fuerzas y ambiciones es de tal magnitud, que no es improbable que la nueva Constitución sea una especie de Frankenstein que recoja los intereses contrapuestos de múltiples grupos y gremios, y pierda la línea directiva del supremo bien común que tiene la vigente. Esta posición olvida que el problema de Colombia no es su Constitución sino la falta de voluntad política para ponerla en práctica. Una nueva Constituyente corre el riesgo de ajustar la Constitución a las dispares, contrarias (y egoístas) voluntades políticas que la negociarían.

9. La justicia transicional es un proceso político en el que la justicia se flexibiliza con el fin de transitar de un estado histórico negativo a otro mejor. Los Acuerdos recogían esta situación: la justicia punitiva se minimizaba respecto a la restaurativa, pero a cambio se exigía a todos los victimarios de todas las partes (guerrilleros, militares, policías, políticos, empresarios, terratenientes, etc.) toda la verdad sobre los gravísimos crímenes cometidos y si esto no se cumplía caía sobre ellos el peso de la justicia penal. Una sombra que se cierne en este nuevo contexto es si la verdad no será la víctima resultante del triunfo del NO y de la renegociación. La verdad afecta a las élites de todas las partes, que no están especialmente interesadas en que su luz ilumine a la población y esclarezca los hechos y su interpretación histórica. Una guerra civil de 52 años no pudo permanecer y sostenerse en el tiempo sin el concurso de fuerzas económicas, sociales, religiosas y políticas. A estas élites más que el riesgo de la impunidad –en Colombia de hecho no es un riesgo sino una realidad: el nuevo fiscal general reconoció el 1 de agosto en su discurso de posesión que el índice llega al 99%–, les inquieta el conocimiento de la verdad. Como decía Nietzsche, a los seres humanos no nos avergüenza cometer actos moralmente detestables sino que los demás tengan conocimiento de los mismos.

10.  Queda un país fragmentado... y esperanzado. Por un lado, un tercio, el que votó, muy enfrentado. Familias, grupos de amigos o de trabajo, vecinos, etc., viven en la polarización. Este plebiscito abrió heridas en los círculos más cercanos y de confianza que serán complicadas de sanar. Por otro lado, es un hecho que en la práctica totalidad de las zonas que sufren el conflicto armado el SI ganó por mayoría aplastante. ¿Cómo explicar a las comunidades indígenas, negras y campesinas, así como a las víctimas, que sus compatriotas urbanos que no sufren la guerra han decidido que ellos la sigan padeciendo? Esta insolidaridad no solo es incomprensible sino también inexplicable, pues es la tozuda repetición histórica del clasismo. Por último, un signo de esperanza. Una multitud de jóvenes estudiantes se lanzó a las calles de las grandes ciudades el jueves 6 de octubre al grito de “Queremos paz”, exigiendo a las tres partes que se pongan de acuerdo y con rapidez. Cientos de miles de estudiantes les recordaron a sus mayores que no quieren seguir viviendo una guerra que no han creado pero que sí están dispuestos contribuir a su final. Quizá sea la presión en la calle la que obligue al final a las partes enfrentadas a buscar un Acuerdo definitivo.

Con todo, existe un sentimiento general en el país de que a este Acuerdo hay que encontrarle una solución. En Colombia hay un dicho para describir a los que se asustan con su propio éxito: “Mató al tigre y se asustó con el cuero (la piel)”. En esa situación nos encontramos y esta sorpresa está llevando a que las partes y votantes enfrentados reconozcan que hay que buscar una salida. Parecería que por primera vez, a partir de un tremendo ridículo internacional como ha sido el triunfo del NO, el pueblo colombiano está dispuesto a despojarse de su propia condena histórica, aquella con la que concluye Cien años de soledad: “… porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.


[1] Pazé, Valentina, En nombre del pueblo. El problema democrático, Marcial Pons, Madrid, 2013.

[2] http://www.larepublica.co/el-no-ha-sido-la-campa%C3%B1a-m%C3%A1s-barata-y-m%C3%A1s-efectiva-de-la-historia_427891

[3] http://www.eltiempo.com/entretenimiento/cine-y-tv/omar-rincon-la-paz-en-el-periodismo-el-otro-lado/16710880

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