La Organización Internacional del Trabajo (OIT), fundada en 1919, lleva más de un siglo trabajando para promover la justicia social y económica mediante el establecimiento de normas laborales internacionales. Es uno de los organismos especializados más antiguos de las Naciones Unidas y hoy cuenta con 187 Estados miembros. La OIT tiene una estructura tripartita única, en la que participan representantes de gobiernos, empresarios y trabajadores en todos sus debates y políticas.
A lo largo de las últimas décadas, a medida que el mundo del trabajo se ha ido haciendo más complejo, la organización ha tenido que adaptarse para asumir nuevas realidades y responsabilidades. Y en los últimos diez años, Guy Ryder, mi predecesor en el cargo de Director General, instituyó una serie de importantes iniciativas para mantener a la institución en la senda de los cambios sísmicos, muchos de ellos provocados por el asombroso progreso de la tecnología de la información, con el potencial de que todas las partes interesadas salgan ganando.
Los últimos siete años se han caracterizado por una serie de crisis mundiales: la recesión económica y la "recesión de los beneficios" de 2016-2017; la pandemia de la Covid-19, su clausura y la recesión de corta duración; el conflicto en Ucrania; y el impacto inflacionista de las actuales perturbaciones de los suministros de energía y alimentos.