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Amor sin fronteras

¿Cómo afectará el endurecimiento de las políticas de inmigración al potencial radical del amor? English

Niki Seth-Smith
27 March 2019
Barco de refugiados de Somalia. Wikimedia Commons, todos los derechos reservados.

Actualmente el nivel de personas desplazadas registrado en el mundo es el mayor de la historia: 68,65 millones, de acuerdo con la Agencia de la ONU para los Refugiados.

Con las fronteras endureciéndose en todo el mundo, cada vez más personas se están enfrentando a la complicada, tortuosa cuestión de demostrar ante las autoridades cuál es su situación de pareja, lo que a menudo se reduce a que sea el estado quien legitime su amor. Yo soy una de esas personas, o me temo que pronto lo seré.

El pasado verano me prometí a mi pareja, de nacionalidad griega. Dijimos adiós al cielo azul de Atenas y nos trasladamos de regreso a Londres de manera permanente. No puedo negar que el Brexit haya tenido algo que ver con esto. Sí, nuestro compromiso es un acto de dos almas, un gesto hacia el infinito.

Pero cuando se trata de “este mundo y el venidero”, nuestra decisión es más bien de este. Si bien las uniones civiles están reconocidas en la Unión Europea (donde el derecho al respeto por la vida privada y de familia de la Convención Europea de Derechos Humanos también protege a las parejas que no están casadas), la manera más fácil de lograr seguridad y reconocimiento es por la vía del matrimonio.

El nuestro es un mundo en el que los tecnócratas incompetentes lanzan rebuznos sobre unicornios y pasteles metafóricos mientras el Reino Unido se precipita lentamente hacia la salida de la Unión Europea, el 29 de marzo, sin un acuerdo. El gobierno británico ha asegurado que protegerá los derechos de los 3,5 millones de ciudadanos de la Unión Europea que están actualmente residiendo en estas islas, como es el caso de mi pareja.

Yo no me creo una palabra de todo esto. Después de todo, no es otra sino la actual primera ministra quien, cuando era ministra del Interior en 2010, decidió poner precio al amor – 18 600 libras (unos 21 400 euros) para ser exactos –. Nadie que al año gane menos que esta cifra puede traer a un cónyuge extranjero al país.

Pero no os preocupéis, si sois lo suficientemente ricos aún podéis estudiar, o trabajar en la construcción, o lo que queráis. Solo os hace falta la insignificante cantidad de 62 500 libras (unos 72 000 euros) de ahorros en efectivo.

Nada de todo esto nos debería sorprender. El sentimiento de profundo desconcierto que supone para mí el poder ser tratada como una ciudadana de segunda en mi propio país, que mis derechos y los de mi pareja puedan ser restringidos o retirados, es la norma para un vasto sector de la población.

Despierta, os oigo decirme, mira a tu alrededor, lee algo de historia. Pero es que nunca pensamos que algo así pudiera pasarnos a nosotros. Después del referéndum sobre la Unión Europea los occidentales blancos y privilegiados como yo tenemos que enfrentarnos al hecho de que nuestra ciudadanía puede no ser suficiente –o puede serlo para nosotros, pero no para las personas a las que amamos—.

Es “el poder del amor”, su capacidad de unir a dos personas a pesar de las barreras arbitrarias de la sociedad.

Las historias de amor que perviven entre nosotros son aquellas que superan las divisiones. “Romeo y Julieta”, “La sirenita”, “Pretty Woman”… En estas historias la pasión romántica supera diversos tipos de diferencias –sean familiares, raciales, de nacionalidad, clase e incluso especie—. Como Julieta dice de su Romeo: “Demos a una rosa otro nombre, y no por ello dejará de agradarnos; su perfume no será por eso menos suave”.

Nuestros imanes de nevera favoritos lo dicen todo; es “el poder del amor”, su capacidad de unir a dos personas a pesar de las barreras arbitrarias de la sociedad; y también “el amor es ciego” –esa capacidad de la persona embriagada de amor de ver lo más profundo, llegar a esa verdad interior del Otro—.

Esa capacidad siempre ha sido política. El amor, fuerza irracional y unificadora, es peligroso para aquellos que quieren mantener las divisiones demográficas basadas en leyes.

Una de las voces más emotivas sobre la política del amor es la de James Baldwin, un hombre para quien la obra de toda su vida fue inseparable de su lucha contra las distinciones de identidad sexual y racial. Hace falta fortaleza para tirar abajo los muros de la identidad personal y social para hallar a la persona amada.

"El amor arranca las máscaras sin las cuales temíamos no poder vivir y detrás de las cuales sabemos que somos incapaces de hacerlo”, escribe Baldwin. El amor como un “estado de gracia” que exige “un firme y universal sentido de búsqueda, audacia y crecimiento”.

Durante la mayor parte de la vida de Baldwin los matrimonios interraciales estuvieron prohibidos, y nunca llegó a ver el matrimonio homosexual.

Independientemente de cuál sea vuestra visión de la institución, el matrimonio es el mecanismo básico por el cual la sociedad siempre ha tratado de poner límites al poder transgresor del amor. Actualmente en Estados Unidos las personas de cualquier raza, nacionalidad o género pueden casarse – pero no si carecen de la documentación adecuada—.

En Estados Unidos la institución del matrimonio tradicionalmente ha ofrecido un “vacío legal de oro”. Migrantes sin papeles casados con ciudadanos americanos eran raramente deportados bajo el gobierno de Obama, pero Trump ha cambiado drásticamente este consenso.

El matrimonio en Norteamérica, como en el Reino Unido, ya no es suficiente para garantizar el derecho a vivir con el cónyuge. Por lo visto el presidente Trump no tiene reparos en destrozar matrimonios, aún cuando finalmente suavizara su devastadora ley de separación familiar.

Recientemente el Washington Post subió a la red un cortometraje en el que se mostraban, más de dos años después de que fuera promulgado el decreto, los efectos de la prohibición de viajar al país a los ciudadanos de siete países de mayoría musulmana. La película muestra la situación de dos parejas casadas que se han visto separadas.

En una escena una joven mujer americana que lleva más de dos años casada con su pareja iraní y que espera angustiada el reencuentro, responde a la pregunta “¿Por qué él?”. Porque, dice “nuestras diferencias nos complementan”.

El filósofo Michael Hardt ha desarrollado una política del amor que plantea el “amor a lo igual” y el “amor lo vecino”, conceptos que pueden convenir a ciertos tipos de nacionalismo y fundamentalismo religioso, en lugar del “amor a lo diferente” y el “amor a lo extranjero”. Hardt se opone a la institución del matrimonio, la “pareja burguesa y los confines claustrofóbicos de la familia nuclear”.

Y sin embargo podemos suponer que, por la misma lógica, el filósofo estaría también en contra de la restricción de los derechos de las parejas migrantes o transnacionales con bajos ingresos llegado el momento de casarse o de que el estado reconozca su matrimonio.

Cuanto más allá nos dejamos llevar por esta idea, más nos entregamos a la cultura que denigra el “amor a lo diferente” y celebra el “amor a lo igual”.

Se puede decir que el ejercicio de control sobre el amor que viven los migrantes y aquellos condenados a ser marginales, es algo tan antiguo como la sociedad misma.

Estas, evidentemente, son solo las más recientes medidas severas que se han tomado contra el potencial radical del amor.

No sorprende que los grupos LGTBQI+ hayan sido de los más explícitos en el apoyo activo a las comunidades de refugiados y migrantes en toda Europa y Estados Unidos. No se trata solo de que aquellas personas no heterosexuales que buscan asilo deban a menudo enfrentarse a obstáculos infranqueables cuando se les exige que, en los países de destino, prueben qué tipo de vida y relaciones tienen.

Esta comunidad ofrece también una más amplia comprensión, nacida de siglos de experiencia, de lo que supone que el estado te haga invisible, te rechace o te ataque por tu elección de pareja.

Se puede decir que el ejercicio de control sobre el amor que viven los migrantes y aquellos condenados a ser marginales, es algo tan antiguo como la sociedad misma. Ocurre que la actual crisis sobre los refugiados está produciendo nuevos resultados a niveles ofensivos.

Recientemente la UE ha puesto en funcionamiento detectores de mentiras basados en Inteligencia Artificial. Los ha instalado en período de pruebas, por 45 millones de euros, en Grecia, Letonia y Hungría. Ignorando las evidencias de que esta tecnología puede ser pseudocientífica “la están usando para interrogar a inmigrantes y solicitantes de asilo sobre varias cuestiones, incluidas sus relaciones”.

Los resultados se añadirán a otras “pruebas” de amor verdadero, junto con los certificados de nacimiento de los hijos, las fotos de boda e incluso publicaciones en Facebook. El Reino Unido está siendo apremiado para que haga uso de estas máquinas y así ponga freno a “los que se aprovechan del sistema de asilo” e identifique “muestras de engaño”.

Supe de historias terribles de “control sobre el amor” cuando trabajaba como voluntaria en una escuela para refugiados, llevada por palestinos, en el centro de Atenas. Había un comerciante sirio que descubrió que su mujer no podría reunirse con él porque fue un jeque quien les casó (una proporción significativa de la población siria refugiada está casada pero carece de papeles oficiales).

O la historia aberrante de un agente de inmigración que declaró que una pareja afgano-griega no podía estar cohabitando porque el timbre de la puerta no llevaba el nombre de ambos (el agente ni siquiera se molestó en pulsarlo).

Y la enésima historia, la de la mujer británica que dirigía el programa de educación y que se enamoró de su pareja palestina haciendo labores de voluntariado en un campo de refugiados. Ahora trata de que puedan irse juntos al Reino Unido, trabajando para lograr la cantidad mínima de las 18 600 libras de respaldo requeridas.

Encontrarán la manera. O se irán a otra parte. A la vez que se cierran fronteras, el flujo de personas a lo largo y ancho del planeta está forjando nuevas conexiones.

Por lo que a mi respecta, puedo dar testimonio de que el amor nos lleva a la empatía radical. Nunca hubiera estado tan comprometida con Atenas y las personas que conocí allí si no hubiese sido por la conexión que tengo con mi pareja. Me siento agradecida por aquel tiempo, ahora que el futuro se ve tan incierto.

¿Cómo hubiera podido imaginarme este 2019? Crecí en el sueño de la globalización sin fricciones de la “Cool Britannia”.

Cuando nos conocimos en una fiesta en una casa, en 2014, una noche nevada en Finsbury Park, cuando el referéndum sobre la Unión Europea no era más que un brillo en el ojo de Nigel Farage, no se me podía ocurrir pensar en lo que esto afectaría en el futuro al pasaporte de mi pareja. Nunca me imaginé que ahora estaríamos aquí, reuniendo los requerimientos, actualizando obsesivamente el navegador que nos muestra los titulares del Brexit.

¿Cómo hubiera podido imaginarme este 2019? Crecí en el sueño de la globalización sin fricciones de la “Cool Britannia”. Nadie nos iba a quitar nuestro derecho a “trabajar, fiestear, ligar, vagabundear” como dice el inefable vídeo creado para que la “generación EasyJet” vote en contra de que nos separemos de Europa.

Detrás de esas ofertas de Eurorail y de trabajos de verano fuera del país latía siempre la promesa de amoríos en el extranjero. El sexo y el amor eran supuestamente libres.

Pero esto ha sido siempre una fantasía encubierta, un sueño del que ahora nosotras, las personas blancas y occidentales, nos estamos despertando; debemos cuestionarnos lo que damos por sentado, que nuestros derechos como ciudadanos serán protegidos junto con los de aquellos a los que amamos.

Nos vemos probando una pequeña porción de la misma ansiedad que sienten los miles de millones de personas en todo el mundo que nunca han podido dar nada por sentado. Huelga decir que no se trata de lo mismo. En un mundo post-Trump, post-Brexit, nuestra aspiración es solo la de madurar nuestro amor.

El amor triunfa sobre el odio. Amor sin fronteras. Estos eslóganes no se refieren solo a extender nuestra compasión a aquellos de entre nosotros que son diferentes, o al derecho de las parejas a estar juntas independientemente del pasaporte o el estatus de migrante que tengan.

Se refieren también al básico impulso humano de quererse unidos frente a las divisiones. Necesitamos con urgencia tomar las riendas de ese impulso ante lo que quiera que nos depare el futuro.

Traducción de Gala Sicart-Olavide, miembro del Programa de Voluntariado de democraciaAbierta

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