El gobierno del Frente de Todos (FdT), que asumió en 2019 con Alberto Fernández como presidente y Cristina Fernández de Kirchner como vicepresidenta, representaba las expectativas de reparación económica frente a lo que dejaba el malogrado gobierno de Juntos por el Cambio (JxC). Durante la presidencia del empresario Mauricio Macri, entre 2015 y 2019, el poder adquisitivo del salario cayó en promedio 20%.
La inflación se duplicó -superó el 50% en su último año de gobierno–, la pobreza aumentó y el presidente contrajo el préstamo más grande que haya otorgado el Fondo Monetario Internacional (FMI) en toda su historia. El empréstito tuvo un fuerte simbolismo político, ya que «FMI» es una sigla particularmente desapacible para la memoria colectiva de los argentinos.
Este delicado escenario fue el contexto en el cual Cristina Fernández de Kirchner ideó un singular y riesgoso artefacto político. La dos veces presidenta del país urdió el FdT al modo de una alianza peronista amplia, donde debían convivir desde la «izquierda» peronista –sintetizada en ella misma y sus seguidores– hasta peronistas promercado como el propio Alberto Fernández o Sergio Massa, un dirigente con raíces liberales, amigable para el empresariado y de diálogo frecuente con la embajada estadounidense.