El sábado 28 de febrero, mientras el mundo seguía el lanzamiento de misiles estadounidenses e israelíes sobre Teherán y la confirmación de la muerte del líder supremo de Irán, me preguntaba si tenía sentido seguir trabajando para las Naciones Unidas en materia de desarme.
Las operaciones Epic Fury y Roaring Lion, como Estados Unidos e Israel han bautizado sus respectivas campañas militares conjuntas en Irán, y la operación True Promise IV, la contraofensiva iraní, ya han dejado cientos de muertos en Irán – entre ellos 165 niñas y profesoras de una escuela femenina, según las autoridades iraníes – así como soldados estadounidenses y civiles israelíes, y se han extendido al Líbano, Irak y países del Golfo.
Esta es una de las muchas guerras que se multiplican en varios continentes. Estamos atravesando una era de multilateralismo frágil, con invasiones territoriales que desafían el orden internacional y una retórica belicista que normaliza los conflictos. Hablar de confianza en este momento puede parecer un ejercicio de optimismo anacrónico. La propia ONU, creada después de la Segunda Guerra Mundial para ser un foro de diálogo y paz, ve cómo su autoridad y eficacia se cuestionan a diario, ya que surge una pregunta inevitable: ¿por qué insistir en hablar de confianza y transparencia, especialmente en lo que respecta al desarme mundial?