Aún no lo sabemos todo sobre las elecciones locales parciales del 7 de mayo en el Reino Unido. Pero está claro que Escocia y Gales eligieron gobiernos independentistas, liderados respectivamente por el Partido Nacionalista Escocés (SNP) y Plaid Cymru, mientras que en Inglaterra, Reform fue el gran ganador. En todo el Reino Unido, los Verdes lograron resultados sorprendentes, incluyendo al menos dos alcaldías de distrito en Londres, sus primeros escaños en el Parlamento galés y sus primeras circunscripciones en Escocia.
Los conservadores y los laboristas, los dos principales partidos del Estado británico en los últimos 100 años, se enfrentan ahora a crisis existenciales. Ambos han perdido cientos de concejales – y, con ellos, arraigo local y activistas en las comunidades – en toda Inglaterra, así como parlamentarios en Escocia y Gales. La mayor parte de estas derrotas fue frente a políticos de partidos ajenos al bipartidismo tradicional.
Los conservadores, alguna vez un partido con profundas raíces en todo el Reino Unido, han sido reemplazados como la principal fuerza de la derecha por Reform.
El Partido Laborista no solo no logró ganar unas elecciones importantes en Gales por primera vez en un siglo, sino que quedó postrado, con la primera ministra Eluned Morgan entre los 35 legisladores laboristas que perdieron sus escaños frente al ascenso de Plaid Cymru y Reform. El laborismo quedó con solo nueve escaños en el Parlamento galés, y Morgan acaba de renunciar.
En las ciudades inglesas, donde el laborismo solía ganar casi todos los escaños, enfrentó serios desafíos por parte de los Verdes; en las antiguas ciudades industriales, el desafío fue protagonizado por Reform.
Conservadores y laboristas han sido los administradores de larga data del Estado británico, y su desmantelamiento implica una crisis constitucional generalizada para el Reino Unido.
En primer lugar, porque el sistema de mayoría simple está irremediablemente roto. Inglaterra tiene ahora, muy claramente, un sistema de cinco partidos. No hay forma de que, en estas circunstancias, un sistema mayoritario pueda expresar de manera sensata las opiniones de los votantes, y la frustración por su incapacidad para hacerlo solo irá en aumento.
En segundo lugar, porque existe un claro mandato para otro referéndum de independencia en Escocia. Westminster negará rotundamente ese mandato, dejando a aproximadamente la mitad de los votantes escoceses que apoyan la independencia frustrados con una Unión en la que se sienten cada vez más atrapados.
Cuando el primer ministro escocés John Swinney exija ese referéndum, contará con aliados más poderosos que nunca fuera de Escocia: probablemente tanto su nuevo homólogo del Plaid Cymru en Gales como el primer ministro del Sinn Féin de Irlanda del Norte, así como el líder Zack Polanski, quien ha expresado abiertamente el apoyo del Partido Verde, y el suyo personal, a la independencia de Escocia y de Gales.
Pero quizás la forma más sencilla de interpretar estos resultados es que la gente ha perdido la fe no solo en nuestra clase política, sino también en todo nuestro sistema político, concretamente, en todo el sistema de Westminster. El SNP, Reform, Plaid Cymru, los Verdes e incluso, en cierta medida, los Liberal Demócratas han obtenido una gran victoria porque no se los considera partidos de Westminster.
Hay dos respuestas posibles a esto. Podemos despreciar a estos votantes, quejarnos de su falta de confianza en el sistema y hablar con aire de superioridad sobre cómo reconstruirlo, o podemos aceptar que tienen razón.
La razón por la que los votantes no confían en el sistema de Westminster es que apesta. Tenemos uno de los sistemas políticos más centralizados del mundo democrático. El enorme poder en el centro apenas rinde cuentas ante un parlamento al que es difícil tomar en serio como una cámara democrática. El lugar está repleto de cabilderos corporativos, inundado de dinero opaco y sometido a la disciplina de las maquinarias partidarias financiadas por millonarios.
Durante la semana previa a las elecciones, los diputados pasaron más tiempo quejándose de que la nueva legisladora verde Hannah Spencer les había sugerido no beber en el trabajo, que explicando sus planes para superar los padecimientos que estamos viviendo.
No es de extrañar que la gente quiera un sistema completamente nuevo.
El papel de los progresistas ahora es prestar atención a esa ira y traducirla en acciones para un cambio progresista.
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Adam Ramsay trabajó para openDemocracy como editor, editor de Reino Unido y corresponsal especial. Ahora se dedica a escribir su newsletter Abolish Westminster, mientras su libro con el mismo nombre se publicará el 5 de noviembre por la editorial Faber. Puedes encargar un ejemplar aquí.