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Aruba, un destino hostil para los vecinos migrantes venezolanos

Debajo de una fina capa de lujo, ocio y confort, la isla feliz esconde una situación que viola el derecho humano de asilo y refugio que la soberanía holandesa debería garantizar

Aruba, un destino hostil para los vecinos migrantes venezolanos
Playa en el Parque nacional de Arikok, en el sur de Aruba más cercano a la vecina Venezuela | Francesc Badia i Dalmases
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Superada la avenida de los grandes hoteles que se extiende por la costa noroeste de la isla caribeña de Aruba, a pie de playa, están las grandes mansiones de los millonarios, algunas de ellas todavía en construcción. Una de las obras más vistosas, ya cerca del Faro California en la punta oeste de la isla, se erige sobre una colina. En ella trabajan una docena de operarios, la mayoría de ellos venezolanos migrantes en situación irregular.

Muchos de los varios miles de migrantes llegados recientemente desde Venezuela a esta isla caribeña (las cifras varían, según las fuentes, pero ACNUR la sitúa en alrededor de los 17.000 a mediados de 2021, un 11% de la población total de la isla), trabajan en la construcción o en los servicios básicos, y mantienen un perfil bajo por temor a las acciones de la policía de frontera, que pueden incluir la detención e incluso la amenaza de la deportación.

Situada a unos 29 kilómetros (unas 18 millas marinas), de las costas de la península de Paraguaná, que culmina la parte Este del Golfo de Maracaibo en Venezuela, el País de Aruba es una pequeña isla de 180 km2 y unos 110.000 habitantes, integrada en las Antillas Holandesas, pertenecientes a los Países Bajos. La isla, semidesértica e infértil, siempre ha sido un lugar de comercio e intercambio con el cercano continente.