2020 fue un año que prometía ser especial con sus números redondos. Es cierto que se mantenían los desafíos de seguridad, desigualdad y democracia que veníamos arrastrando desde hace años, las consecuencias de la emergencia climática, las crisis migratorias, la violencia selectiva dirigida a los y las defensores de derechos humanos.
Con todo y todo, me daba ilusión el interés renovado en la necesidad de cambiar las dinámicas de racismo, exclusión, asesinatos y crisis climática que se manifestaba en las marchas y debates públicos, y el cambio de temperatura regional que prometían las elecciones estadounidenses. El 2020 empezaba con más energía para construir una región más igualitaria, más segura más sustentable ¿se acuerdan de las feministas de Las Tesis, Greta y la movilización de millones por la emergencia climática, las marchas indígenas y por la paz?
Y, sin embargo, el 2020 nos sorprendió con una emergencia mundial distópica, de las de serie de Netflix, donde una pandemia hizo añicos parte de la economía, truncó miles de vidas, y afectó profundamente los derechos y las ilusiones de centenares de millones más.