La música tecno resuena desde un pequeño escenario instalado en las escaleras de la colina de Santa Lucía, en el centro de Santiago, la capital de Chile. Un grupo de mujeres bailan bajo el calor del sol de finales de verano, con ropa de color verde y violeta, los colores que caracterizan el reclamo de derechos de las mujeres y las personas queer. “Bailen con nosotras para mostrar que las mujeres estamos unidas”, grita la maestra de ceremonias de una de las performances. “Conviertan su rabia en baile”.
Según las organizadoras, unas 500.000 personas salieron a las calles de la capital chilena el domingo para conmemorar el Día Internacional de la Mujer, u 8M, en lo que fue la mayor manifestación del país desde la pandemia. Además, el domingo y este lunes se organizaron marchas en más de 20 ciudades de todo el país.
Hay un ambiente de alegría y celebración: grupos de baile y actuaciones artísticas se apoderan de la vía principal. Vendedores ambulantes ofrecen micheladas y cerveza en lata en las veredas. La gente grita consignas a favor del aborto acompañadas de bandas de percusión. Se ven ondear banderas palestinas y mapuches. Parece un carnaval, pero hay un temor subyacente en muchas de las mujeres aquí presentes.
En solo tres días, Chile pasará a ser gobernado por el presidente más derechista desde el fin de la dictadura de Augusto Pinochet en 1990. José Antonio Kast, del Partido Republicano, comienza su mandato de cuatro años el 11 de marzo.
“Todo en lo que creemos en este momento está en peligro. Los derechos de las mujeres, de las disidencias sexogenéricas, los derechos de las comunidades migrantes, de las comunidades indígenas, también de las artes, de la cultura, y por supuesto, de los activismos”, dice Sibila Sotomayor, cofundadora del colectivo feminista LASTESIS, cuya performance de 2019 ‘Un violador en tu camino’ se convirtió en un himno mundial de protesta, interpretado en toda América Latina, Europa y Estados Unidos, e incluso en África, Turquía y la India.
"Siempre hemos estado en las calles en esta fecha y es algo que no podemos dejar de hacer, porque tenemos que defender nuestros derechos humanos fundamentales porque, como hemos visto tanto en Chile como a lo largo del mundo, siempre está el riesgo de perderlos", dice Sotomayor.
Aparece una mujer vestida de negro con pintura roja simulando sangre corriendo por su rostro y su cuerpo. “Elegimos un presidente que nos va a matar. Lo que vaya a ver de mí ensangrentada hoy día, es lo mínimo que va a ver de Chile en estos próximos cuatro años”, dice Amelie Amoroso, de 26 años.

“Hoy día tenemos un presidente que prefiere ver a las mujeres muertas, que asegura que va a liberar asesinos, femicidas. Es horrible...", dice, haciendo una pausa y a punto de llorar. “Pero no nos vamos a someter a este régimen de fascismo. No vamos a ser sumisas, Vamos a estar más fuertes que lo que estuvimos siempre”.
Kast será el primer presidente desde el retorno de la democracia que es abierto partidario de la dictadura de 17 años, en la que 3.000 personas fueron asesinadas y desaparecidas y más de 40.000 torturadas.
El presidente electo, de 60 años, es hijo de un antiguo miembro del partido nazi alemán que emigró a Paine, un distrito al sur de la capital, en 1950, según un documento de identidad hallado en 2021 en el archivo nacional de Alemania por el periodista chileno Mauricio Weibel, que parece coincidir con la fecha y lugar de nacimiento del padre de Kast. El político negó que su padre se afiliara al partido de Hitler – la afiliación era voluntaria – y sostuvo en cambio que fue reclutado por la fuerza en el ejército.
Kast estudió derecho y en 1988, cuando tenía 22 años, se unió a la campaña del Sí en el fallido plebiscito convocado por Pinochet para prolongar su régimen por ocho años más.
Kast ha manifestado su admiración por el difunto dictador, afirmando que si estuviera vivo habría votado por él. Como presidente electo nombró a dos exabogados de Pinochet como miembros de su gabinete.
"Estamos viviendo un vuelco hacia la extrema derecha muy fuerte", afirma Sotomayor. "Son personas que niegan la violencia que el estado chileno perpetró durante la dictadura cívico-militar, y es profundamente triste y muy cruel, como país que todavía posee cicatrices y heridas de la dictadura, ver a estas personas llegar a ser gobierno".
"Duele como sociedad, pero especialmente para las personas que fueron víctimas directas, que fueron torturadas, violadas, abusadas, encarceladas, incluso exiliadas. Tenemos que recordar estas cicatrices que colectivamente compartimos, aunque la extrema derecha quiere convencernos de que ya no existen".
En su tercer intento presidencial, Kast hizo una campaña contra los inmigrantes y se comprometió a combatir los delitos violentos. Obtuvo el 58,1% de los votos en diciembre, superando a su oponente de izquierda, Jeannette Jara, que obtuvo el 41,3%. Kast prometió orden y seguridad, e incluso propuso un "gobierno de emergencia" para hacer frente a los incidentes de inseguridad que muchos asocian con el aumento de la migración indocumentada, en gran parte procedente de Venezuela.
La percepción de inseguridad entre los chilenos ha aumentado un 90% en la última década, lo que convierte a Chile en uno de los países con más miedo del mundo. Sin embargo, esto no se corresponde con la realidad. Aunque las tasas de homicidios se han duplicado en los últimos 10 años, Chile sigue siendo uno de los países más seguros de la región.
"Toda esta narrativa sobre la inseguridad y el antifeminismo está en todas partes. Lo podemos ver también en Estados Unidos con Trump, en Argentina con Milei, claramente es una estrategia global de la extrema derecha", afirma Sotomayor.

Kast también se opone al matrimonio entre personas del mismo sexo y al aborto. En enero anunció el nombramiento de Judith Marín, cristiana evangélica y firme opositora al aborto, como ministra de la Mujer e Igualdad.
La mayoría de las mujeres que salen a la calle este domingo llevan pañuelos verdes que identifican el reclamo de legalización del aborto, que sigue prohibido. Miriam Piturra, de 30 años, me cuenta que en diciembre su embarazo terminó en muerte fetal, pero no le permitieron abortar inmediatamente, debido a la exigencia local de que dos médicos confirmaran el diagnóstico. "Tuve que tenerlo muerto una semana más en mi vientre para poder cumplir con los causales de la ley de aborto”, dice. Prolongar el embarazo de un feto muerto no es solo dañino en lo emocional, también genera riesgos de infecciones graves para la madre.
En 1989, en el último año de su régimen, Pinochet introdujo una ley que penalizaba el aborto en todas las circunstancias. Hubo que esperar hasta 2017, en el gobierno de la socialista Michelle Bachelet, para que el aborto se legalizara en tres circunstancias limitadas: en caso de embarazo por violación, cuando el embrión o el feto no son viables, o cuando la vida de la persona embarazada corre peligro.
"Hoy lucho porque no quiero que nadie más tenga que pasar por eso, sabiendo que su bebé murió, que tenga derecho a poder sacarlo de adentro", afirma Piturra. Ella, como muchas de las manifestantes del domingo, tiene miedo de lo que pueda pasar en el próximo gobierno.
"Nuestro presidente electo dice que no nos va a quitar derechos, pero ya nos ha demostrado que sí lo quiere hacer”, dice Piturra. “Él es muy provida. Pero, por ejemplo, en mi caso, yo quería tener un bebé, pero si mi bebé murió, también tengo derecho a cuidar mi salud física y mental. Yy eso no lo consideran”.
Aunque el futuro es incierto, las activistas están decididas a seguir luchando por reclamos como el aborto. El martes 3 de marzo, la comisión de salud de la Cámara de Diputados aprobó un proyecto de ley para legalizar el aborto hasta las 14 semana 14s, presentado por el gobierno progresista de Gabriel Boric en mayo de 2025. Esto mantiene vivo el proyecto en el proceso legislativo.
"Avanzamos de a granitos de arena, muy poquito, pero avanzamos", dice Siomara Molina, de la Asamblea Permanente por la Legalización del Aborto. "Esta semana tuvimos un avance institucional en el aborto, pero en términos de despenalización social, del apoyo ciudadano que el aborto tiene, ha ido creciendo sostenidamente desde hace 30 años y no se ha detenido. Cada vez es más la gente que apoya el aborto, y en eso las organizaciones feministas hemos hecho el trabajo; las que hemos empujado este debate somos las que persistentemente lo hemos puesto sobre la mesa".
"Sin embargo, la ultraderecha considera que el aborto es un asesinato, que las mujeres que abortan son asesinas”, agrega Molina. “Ese es el parámetro desde el que operan; no se están moviendo en una lógica de derechos, así que en realidad no sabemos qué es lo que puedan hacer”.
Ella marcha junto a otras integrantes de la Asamblea que piden que la gente firmesu firma en apoyo del proyecto de ley de aborto legal. Para Molina, el mensaje más importante del MM8 “es hacia nosotras mismas, hacia las mujeres de este país, hacia los movimientos sociales de este país. Estamos aquí, seguimos fuertes, seguimos convencidas, no nos escondemos".
Molina se aferra a la esperanza. Es una esperanza que se encuentra en la presencia de las mujeres y las personas queer de todas las edades que llenaron las calles de Chile el domingo. "Tiene que ver con el ánimo y con la esperanza de sabernos juntas, eso para mí es muy importante en este momento".