Estamos asistiendo a una repentina aceleración sísmica de las fronteras. Esta aceleración se despliega no sólo a lo largo de las fronteras nacionales, sino dentro de ellas: entre estados y provincias, alrededor de las ciudades, residencias de ancianos, edificios de apartamentos, hospitales, cruceros, apartamentos, cuerpos - dos metros, para ser precisos. Los espacios de confinamiento proliferan a medida que nuestros cuerpos se convierten en islas. Pero ningún hombre es una isla, como dice el famoso poema de John Donne, y continuamos, interconectados pero socialmente distanciados.
Y sin embargo, para muchos, estos espacios de confinamiento no son nuevos. La aceleración de la frontera continúa las tendencias que estaban en marcha antes del impacto de la Covid-19: el endurecimiento de la seguridad, la expansión de los espacios confinados y la criminalización de la movilidad. Las personas encarceladas, ya sea que estén confinadas por los barrotes de las prisiones estatales o de los centros de detención, se cuentan entre las más vulnerables al coronavirus.
Décadas de disertaciones sobre la globalización, la integración mundial y el transnacionalismo denmandan ahora un giro abrupto. Debemos hacer una pausa. Esto no es ni una especulación ni un argumento, sino una llamada a hacer preguntas y a plantear preocupaciones. Las preguntas cruciales determinarán nuestro futuro colectivo. ¿Qué nuevas formas de frontera vamos a vivir? ¿Cuánto tiempo intentarán los gobiernos preservar su nuevo estatus de isla?