
Los argentinos salen a las calles en protesta después de la muerte del fiscal especial Alberto Nisman. Pero ¿a quién pueden dirigir su indignación? Demotix/Claudio Santisteban. All rights reserved.
Fue en la ciudad siria de Alepo, poco antes de que estallara la guerra, donde se fraguó el complot que de algún modo llevaría a la muerte del fiscal argentino Alberto Nisman. Lo que salió de este encuentro extraordinario y reservado entre el ministro de asuntos exteriores argentino, sus homólogos iraníes y el presidente sirio Bashar al-Assad, fue un “plan de impunidad” e “ingeniería criminal” urdidos al más alto nivel de poder del estado. O esto es lo que se nos induce a creer si leemos el documento de 289 páginas al que Nisman dedicó los últimos días de su vida–y que ahora, para siempre y de manera irrevocable, estará manchado con su sangre.
La muerte de Nisman de un disparo en la cabeza en circunstancias todavía desconocidas y posiblemente imposibles de conocer en su apartamento de Buenos Aires el 18 de enero, acaeció el día antes de que presentara su informe ante el Congreso y ha transformado la vida política del país. En su informe, el fiscal detalla las supuestas acciones y los supuestos actores del plan tramado en Alepo–un plan para el deshielo de las relaciones diplomáticas y económicas entre Irán y Argentina, congeladas durante 13 años.